jueves, 4 de octubre de 2018

La maniobra de la tortuga de Benito Olmo

La palabra empatía se inventó
para Bianquetti.

El inspector Manuel Bianquetti ha tenido un tropiezo en su carrera que le ha costado sentenciar su condenado matrimonio y un traslado forzoso físicamente de Madrid a Cádiz y funcionalmente de homicidios a archivo.

Bianquetti da miedo a propios y extraños con su elevada altura, su aspecto patibulario y sus malos modos. Genera un rechazo que no solo no se encarga de mitigar sino que lo alimenta con su pose de observador distante desde media distancia y de perdonavidas en las distancias cortas.

Su comportamiento social, del todo inapropiado e incorrecto visto el precio que paga por sus inconveniencias, responde a una actitud consciente lo que supone que su madurez psicológica no está a la altura de su altura.

La palabra empatía se inventó para poder disponer de su antónimo, la antipatía, y ésta, en su grado superlativo, se precisaba para poder calificar a Bianquetti.

Obviamente a alguien tan proclive a hacer amigos y tan respetuoso seguidor de las normas y la jerarquía, relegarlo al archivo en papel, ahora que todo es digital, es empujarlo a reivindicar más si cabe su condición de outsider y así cuando aparece el cadáver de una joven latina y ve cómo de mal se encamina la investigación, no puede quedarse al margen y decide librar la suya propia en solitario y emprender una cruzada redentora que tiene mucho que ver con su familia.

Poco o nada distinto a tantos otros policías literarios, cargados de un pasado, exceptuando la altura y el tamaño de sus manos, grandes como palas y capaces de pegar tortazos como palazos. Ante un elemento como Bianquetti no sirve de nada La maniobra de la tortuga.

La novela presenta una trama principal, el asesinato de Clara, la ingenua joven, y una secundaria que tiende a desembocar en la otra y que trata del proceso de readaptación social y mejora de la autoestima de Cristina, una esposa maltratada y aún atemorizada.

Benito Olmo
Benito Olmo ha creado un personaje icónico, un Myron Bolitar a lo lumpen, que dará mucho juego y ha escrito una novela negra a la que no le faltan tópicos ni tics.

Renuncia a sobrecargar el texto con detalles costumbristas y se limita a los necesarios para ubicar los escenarios, con un mapa útil para forasteros, y demuestra habilidad en manejar la tensión que abunda, ya que si algo tiene Bianquetti es que si los problemas no van a él, él va a los problemas.

Hay pinceladas de denuncia social, como buena novela negra, pero con las que no pretende sacar los colores conformándose solo con esbozar incomodas realidades.

Su fuerte los personajes, su elaborada trama y un final acorde; su punto débil el no salirse de lo previsible. Lectura complaciente que se lee de un tirón. El autor parece tener suficiente munición para mejorar su puntería en próximas entregas.

Por cierto, la adaptación cinematográfica está en marcha.

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