domingo, 16 de junio de 2019

Y de yesterday de Sue Grafton

Una cinta de video VHS y se
desencadena todo.

Y de yesterday es la última novela protagonizada por Kinsey Millhone escrita por Sue Grafton. Y es la última porque Sue Grafton murió y no pudo terminar su alfabeto del crimen, alphabet series. Aquel que empezara en 1982 y del que ha llegado a escribir 25 obras.

Le faltó la Z de la que ya tenía título elegido: Z is for zero, que tenía previsto escribir en 2018 ya que había anunciado su publicación para 2019, pero la muerte la sorprendió el 28 de diciembre de 2017.

Inocencia trágica, por el día, De los Santos Inocentes y tomándole el título prestado a Agatha Christie.

Y de yesterday, Y de ayer, tiene mucho de su título. De hecho lo tiene todo. El ayer, el pasado vuelve a interferir en el presente. Un recurso argumental al que la autora había recurrido en varios de sus últimos títulos.

Y es que mucho de lo que le pasa a la gente tiene que ver con hechos del pasado. Y es que casi todo es pasado. Fíjense lo breve que es el presente que no se acaba de pronunciar su nombre y ya es pasado.

Y en el pasado y presente está Kinsey Millhone, la investigadora privada cuya vida conocemos a partir de los casos en los que actúa y que ella misma relata. A ella le toca resolver esos asuntos criminales que generalmente son familiares y hogareños, total Santa Teresa es una localidad relativamente pequeña.

Como el que le ocupa esta última investigación: un intento de chantaje con una cinta de video de contenido sexual explícito y condenatorio que retrotrae otros hechos que culminaron en un homicidio y por el que alguien cumplió condena y otros no. ¿Venganza? ¿Ajuste de cuentas? ¿Largo brazo justiciero de quien actúa por libre?

Kinsey va a ver entorpecida su labor por el intrusismo familiar que quiere que se resuelva el chantaje pero no a cualquier coste, que no precio, y también por una presencia ominosa de un caso propio anterior que va a alterarla hasta el punto de tener que recurrir a un arma, algo con lo que no se siente cómoda pero que conoce y no duda ni de su necesidad ni empleo.

Junto a Kinsey, y como es habitual, revolotea la vida de Santa Teresa: su amigo y casero Henry, otros conocidos, su recién estrenada prima o lo que sea, el bar de Rose, otros amigos y otros amantes. Sus sandwich con pepinillos y manteca de cacahuete, sus carreras diarias de cinco kilómetros, aunque se haya visto obligada a cambiar el hábito matutino y también el itinerario, y sus copas de frío chardonnay.

Sue Grafton en BCNegra
Sue Grafton llegó a crear un microcosmos lleno de vida, no en vano dedicó 35 años en mantenerlo y alimentarlo, y por eso sus novelas son más que casos criminales: son, ciertamente, casos vivenciales con crimen.

La novela no sorprenderá a quienes ya conozcan su obra y su estilo, y está en línea con las más recientes, con todo lo que esto significa (quienes la hayan seguido sabrán a qué me refiero).

En esta, además, es como si anticipando el final, no el suyo sino el del alfabeto, se dedicara a poner las cosas en orden para culminar con una despedida que no fuera un adiós sino un hasta luego.

Porque aunque Sue Grafton tuviera previsto dejar de narrar esas vivencias, le sería imposible suprimir ni la localidad ni los personajes puesto que ambos se han ganado el derecho a seguir con sus cosas y con su vida aunque ya nadie las escriba y aunque ya no nos llegue noticia alguna.

Si esta noche nos acercásemos y tuviéramos la suerte de aparcar cerca del garaje reconvertido veríamos a Kinsey, sentada en el porche, ataviada con su vestido negro multiusos y sosteniendo una copa de dorado chardonnay mientras huele el aroma de los panecillos recién horneados por Henry y espera el momento de hincarles el diente. Bon appetit! y larga vida, amiga.

Otras reseñas de Sue Grafton y Kinsey Millhone en este blog:




· Kinsey y yo

martes, 11 de junio de 2019

Cibercrimen de Manel Medina y Mercè Molist

El Cibercrimen necesita Ciberprotección.
Oír o leer expresiones como ciberespacio, cibercrimen, ciberpolicía o ciberdelito aún evocan imágenes de ciencia ficción cuando nada más lejos de la realidad.

El ciberespacio no es una zona donde navega la Enterprise del capitán Kirk ni tampoco el Halcón Milenario de Han Solo. No, para nada.

El ciberespacio es la zona donde nos movemos habitualmente: puede ser nuestra habitación, sala de estar, baño, bar o restaurante habitual, habitación de hotel, sala de espera de un hospital o de un aeropuerto y por supuesto nuestro lugar de trabajo.

Técnicamente hablando no es así, claro, y los autores de esta obra, Cibercrimen, lo explican mejor pero, hablando en plata, créanme: es tal como se lo digo.

Y es que el ciberespacio, ese mundo virtual al que accedemos desde dispositivos electrónicos mediante softwares específicos y conexiones físicas o mediante ondas ya forma parte de nuestra vida y tanta parte de nuestra cotidianeidad como la televisión o las gafas de sol. Y como una y otras les dedicamos tan poca atención que la primera se puede pasar horas encendida sin que nadie la atienda y las segundas permanecer olvidadas sobre la mesa de un bar en cuanto nos levantamos.

Y no debería ser así. Deberíamos tener más cuidado con nuestras propiedades. Y no solo a las físicas y tangibles sino también a las virtuales y etéreas.

Descuidar la tele encendida puede provocar un sobre calentamiento y acabar en un incendio; olvidar las gafas en un lugar público es brindar a los delincuentes una oportunidad irresistible de aumentar sus ganancias y alejarlos de la redención.

Descuidarnos en el mundo virtual, accesible desde internet, significa estar tan expuesto como lo estaban las gafas. Y ahí está la razón de Cibercrimen una obra de divulgación, amena e interesante por igual, que pretende y lo consigue, explicar los peligros que nos rodean en lugares como nuestra cuenta de correo electrónico o página de Facebook, lugares en los que nos creemos tan a salvo y tan inocuos como nuestra habitación o nuestra sala de estar.

Pero, si ponemos puertas blindadas, cerraduras de seguridad o alarmas en nuestras viviendas físicas ¿por qué descuidamos nuestra vivienda virtual? ¿Verdad que en una ciudad desconocida no entraríamos en barrios que la guía señalara como potencialmente peligrosos? Tampoco acompañaríamos a un completo desconocido y en cambio entramos tranquila e inconscientemente en webs y sites de los que aún conocemos menos.

¿Y qué hay del porno? su consumo, básicamente masculino, de cualquier edad, aparte de denigrar y cosificar la mujer supone una fácil vía de entrada de elementos infecciosos a nuestros dispositivos.

Se entra en una página y no se tiene ni idea de qué clase de enfermedad venérea se puede contagiar. Si, si, porqué el sexo virtual también conlleva infección por virus. Informáticos pero igual de nocivos y peligrosos y que sin el tratamiento adecuado pueden degenerar en daños cuantiosos e incluso irreparables. Todos nuestros datos, imágenes y textos, contraseñas e información de nuestros contactos pueden quedar expuestos a un uso limitado solo por la imaginación de quien los haya secuestrado. Y suelen ser personas sin escrúpulos y de mentalidad sucia y ominosa.

¿Quién no ha descargado aplicaciones desde el pc de sobremesa, o portátil, o tablet o móvil sin atender un mínimo de precauciones? ¿Quién no ha abierto correos electrónicos de remitentes desconocidos? Nos creemos a salvo porque no sospechamos que nuestras anodinas vidas, no somos multimillonarios, ni CEO’s de grandes corporaciones, ni pertenecemos al star-system, pueda despertar el más mínimo interés de un ciberdelincuente, pero no es así ya que si bien tal vez no seamos el objetivo final si podemos ser puerta de acceso para otros más apetecibles.

Manel Medina y Mercè Molist (MMMM)
Manel Medina y Mercè Molist, ampliamente capacitados para escribir sobre ciberdelito y por tanto sobre ciberprotección ilustran situaciones peligrosas al acecho en internet, más habituales de lo creemos, mediante reseñas de hechos reales narrados de forma amena y comprensible para todos los públicos.

No es una novela negra de ficción, es true crime; una obra de divulgación didáctica que se lee como una de ficción y que da juego a argumentos noir.

Un toque de atención al ritmo de vida, frívolo cuando no inconsciente, que no contempla los riesgos a los que nos exponemos desde el momento en que nos conectamos a internet. Y no solo nosotros, también nuestros hijos, sobrinos y nietos. Cuídense, cuídenlos, son los más vulnerables.

domingo, 9 de junio de 2019

Detectives victorianas: las pioneras de la novela policíaca por Michael Sims

Un homenaje a esas precursoras que
son el eslabón fenotípico entre las
mujeres de antes y las de ahora.
Detectives Victorianas, contra lo que pueda parecer, no fueron un grupo de mujeres dedicadas a la investigación criminal en la época/o bajo la supervisión de la Reina Victoria de Inglaterra. No, nada de eso. Detectives Victorianas ofrece aventuras de mujeres ficticias, aunque imbuidas de realidad, que se dedican a resolver crímenes, porque para eso no es indispensable tener colgajos sino sentido común, capacidad de análisis, dotes de observación y un punto de osada irreflexión (si quieres resultados distintos, haz cosas distintas).
También ayuda la poca atención que recibe la mujer de su época en un entorno masculinizado lo que permite moverse, con discreción, a su antojo y su facilidad por empatizar y ser recipiente de confidencias.
Detectives victorianas es un homenaje a esas precursoras, a esas advenedizas, respondonas, contracorrientistas y exigentes de igualdad de género que son el eslabón fenotípico entre las mujeres de antes y las de ahora luchando siempre contra la opresión en todos los frentes y que a un nivel íntimo se tradujo en suprimir los corsés como años más tarde caerían los sujetadores. Bad Girls!
Detectives victorianas: las pioneras de la novela policíaca es una recopilación de once relatos policiacos protagonizados por mujeres como detectives por oficio u afición. Es un viaje al pasado que desmerece el presente ya que su irrupción y sus demostraciones hacían presagiar un futuro apuntaba más alto. Es una recriminación a la poca empatía del ser humano, del hombre básicamente, que sigue discriminando por género, entre otras razones. Es un empuje al sufragismo que alcanzó el voto y hoy debería ser razón de estado.
Poner en duda lo que siempre
nos han dicho que es serio.
No hay que leer solo a Detectives Victorianas por su contenido policiaco y por su generosa intriga, que sí y que se disfruta mucho salvando la época; también hay que leer entre líneas y constatar la dificultad de la mujer por ejercer en un mundo dominado por hombres (¿les suena?) y más en profundidad comprender que en las lecturas de esos relatos hay mucha sociología: hay la narración en tiempo real de la evolución de un mundo que, hoy nos parece lógico y normal pero entonces, cambiante, era la revolución de las cosas, bonitas, puesto que eso eran las mujeres, poco más que adornos que lucir; la evolución de un mundo patriarcal y condescendiente (¿les suena?).
Una ficción que resulta premonitoria. Hay que remontarse a 1860 para conocer los primeros escarceos en el mundo criminal con mujeres detectives; hasta 1883 para encontrar una mujer en el cuerpo de policía con poca relevancia y esperar hasta 1918 para encontrar la primera agente, operativa, de policía en Scotland Yard.
Michael Sims ha hecho su selección, otros, otras, la hubieran hecho distinta; es así y siempre será cuando haya subjetividad, pero hay que reconocerle elevado grado de acierto en el índice confeccionado.
Como todo compendio consigue su fin pero no evita que unos relatos destaquen más por su apasionamiento y otros por su suspense, algunos por su intrincado planteamiento o por sus perfilados protagonistas, y todos alardeen, sin saberlo, de unos argumentos entretenidos y magníficos retratos sociales que ya muestran los síntomas que han hecho de la novela policiaca una enfermedad que gusta padecer.
Un compendio que se sustenta en estos 11 relatos:
  • La condesa misteriosa, W. S. Hayward.
  • El arma desconocida, Andrew Forrester hijo.
  • Dagas dibujadas, C. L. Pirkis.
  • El brazo largo, Mary E. Wilkins.
  • El asunto de la puerta de al lado, Anna Katharine Green *
  • El hombre de los ojos feroces, George R. Sims.
  • La aventura de la anciana quisquillosa, Grant Allen.
  • Las muescas del bastón, M. McDonnell Bodkin.
  • El hombre que me cortó el pelo, Richard Marsh.
  • El hombre que tenía nueve vidas, Hugh C. Weir.
  • La segunda bala, Anna Katharine Green.
Solo una pregunta, habida cuenta del motivo del compendio y habida cuenta de las distintas sensibilidades ¿por qué la selección la hace un hombre? ¿Por qué no se han seleccionado solo escritoras?

*No es un relato autoconclusivo y no debería formar parte de este libro.

domingo, 2 de junio de 2019

The Private Eye de Brian K. Vaughan y Marcos Martin

The Private Eye es el cómic noir que te falta por leer.

El fin del mundo llegará pero no será tal como nos han anunciado; llegará y no será con un cataclismo de proporciones bíblicas pero igual de devastador: en 2076 el mundo se ha quedado sin internet y también sin datos y sin registros, la nube, probablemente sobrecargada no ha aguantado más y ha cedido al peso de tanta información desgajándose en miles de millones de pedazos del tamaño de una micra. Es el fín no deseado, no sospechado, de un mundo tal y como ahora lo conocemos.

Hasta el más escondido secreto de cada usuario, cada gobierno y cada institución pública y privada quedan expuestos, carnaza para quienes la sepan aprovechar y al no poder garantizar una solución de futuro se decide la abolición de la red.

Se lo ha tragado la tierra.
Del digital al analógico. El mundo al revés, quién lo iba a decir. Es como volver del teléfono, no ya el móvil, sino del multifrecuencia al decádico. Vamos, lo que sería discar otra vez en un círculo agujereado para señalar los números que conforman la llamada a un lugar. No a un usuario, sino a un lugar.

Un mundo en el que tener un abuelo puede significar sobrevivir. Y es que contar batallitas de cuando la informática balbuceaba puede equivaler a una navaja suiza en manos de McGyver.

The Private Eye es una espectacular muestra de como el cómic noir y la ciencia ficción son una pareja de bailes excelente; la acción se desarrolla en un futuro cercano pero terriblemente lejano por lo que pueda suponer en expectativas. En algunos aspectos parece ir al mañana pero en general se queda en el ayer y es que lo retro es siempre fashion.

Nos han caducado los abonos.
En un mundo en el que La Prensa, el cuarto poder, sustituye a la policía, los paparazzi son escoria que hay que eliminar. Patrick Immelman es un detective privado no autorizado que consigue información y antecedentes de aquellos a los que sus clientes quieren investigar.

Algo más que prohibido en la sociedad del momento, donde la gente se cubre con máscaras y disfraces para no ser reconocidos en lugares públicos; si buscan preservar su identidad para nada querrán que se hurgue en su intimidad o su pasado.

Por esa razón aún resulta más inverosímil cuando Patrick recibe el encargo de una chica para que investigue sobre su propio pasado. Necesitado de dinero, y quien no, acaba aceptando sin imaginar que todo lo que aparenta ser fácil no lo es en absoluto y cuando se produce el asesinato y él se convierte en también objetivo no hay cinismo de detective noir que pueda parar las balas. Ni Philip Marlowe podría.

¿Qué hace un puto helicóptero en mi jardín?
Un guión de Brian K. Vaughan (quien no conozca su obra ya está tardando) que no cae en la facilidad de repetir tópicos (quien lo conoce ya lo sabe) del género policiaco, noir y cifi y que es capaz de recrear manidos argumentos y hacerlos novedosos cuando no inventar otros aparentemente imposibles y dotar a los personajes de unos perfiles que se sostienen más que la mayoría de personas de carne y hueso. Y con un final que emociona y acerca a reflexionar sobre la sobrevaloración de los medios de información y el escaso control que se les practica y sobretodo la inconsciencia de los usuarios de las redes.

El dibujo de Marcos Martín es impecable, limpio, de trazo fino y estilizado, con viñetas grandes, con primerísimos planos y fondos detallados lo justo para dar consistencia pero sin agobiar y muchos vacíos que llenan más con su buscada vacuidad que si rebosaran de ruido; con unos movimientos de cámara que dinamizan más que la línea clara europea pero sin el mareo Marvel. Un resultado elegante y muy agradable a la vista.

Fotografiando semáforos.
Algo a lo que contribuye, sin duda alguna y no menos importante, la colorista Muntsa Vicente que realiza un trabajo brillante, y no solo por el tono empleado que también sino por que se mueve con soltura dentro de una amplísima paleta de colores y gamas muy potentes que emplea para iluminar y resaltar la trama y el ritmo narrativo. Una combinación de tonos y matices que potencian al dibujo y refuerza al guión: algo obvio para quien tiene la difícil tarea de colorear pero que a menudo se olvida.

Hay ecos de Blade Runner, y como no de Moëbius y El Incal y, claro, de John Difool, pero también de Chandler y de Asimov, todo diluido en una explosión de imaginación y creatividad gráfica, de original diseño y color. Un cómic luminoso, nunca el futuro se presentó tan lleno de luz y color, tan bien delineado y tan bien explicado.

No se le dispara a un médico.
Un cómic pensado para visionar en digital, formato 16:9, y aprovechar todo el tamaño de la pantalla; el formato de página, pantalla, sino el de las viñetas, las líneas de visionado, los puntos calientes, todo está calculado a la perfección para gozar de una experiencia visual espectacular. Pónganse música adecuada y disfrutaran de una lectura inolvidable.

Pero se disfruta la mar de bien en cómic de papel de toda la vida, 280 páginas con la aventura y casi 80 más con reflexiones de los autores, bocetos y extras; con un formato apaisado y una calidad de impresión esmerada, resulta de indispensable lectura. Indispensable en la estantería, para revisitarlo una y mil veces. Indispensable en su colección de comics noir.

Obra premiada con un Premio Eisner (no es necesario como argumento refrendatorio pero tampoco lo tiene cualquiera).

lunes, 27 de mayo de 2019

El porqué del color rojo de Francisco Bescós

Vino tinto, como la sangre.

Si llamamos coloquialmente vinazo a un vino cuyas características organolépticas están por encima de lo esperado, debemos llamar novelaza a El porqué del color rojo.

Y no solo por su relación con el vino, que la tiene y mucha, sino por que como aquel es capaz de satisfacer los sentidos sobre los que incide, máxime si la lectura se acompaña de una copa de tinto, preferiblemente, a sugerencia del autor, de la zona de Aldeanueva de Ebro.

La teniente Lucía Utrera, la Grande, tiene que tratar de nuevo, como ya ocurriera en El baile de los penitentes la anterior entrega de esta serie, con un asesinato.

El asesinato de un joven kosovar que, como tantos otros migrantes, está por la vendimia. Algunos con papeles, otros sin ellos. Algunos por voluntad, otros por imposición. Hombres maltratados, mujeres violentadas. Calor, polvo y cuando no barro. Cartones por paredes y electricidad clandestina. 

Y por si un asesinato no fuera suficiente, hay cierta agitación entre la congregación musulmana de Calahorra promovida por elementos radicales cuyos destinos se rigen a miles a de kilómetros.

Y es que nada pasa porque sí y cuando juegas contra el destino tienes las de perder ya que este no suele jugar según las reglas. Y como que no hay dos sin tres al asesinato y a la radicalización, un episodio, desagradable y ominoso del pasado la teniente viene a sumarse a la fiesta. Más bien al funeral.

Francisco Paco Bescós
Francisco, Paco, Bescós en esta segunda novela se ha sumergido en los cánones de la temática policial a fondo, ha elegido temas de primera división como la explotación ilegal de migrantes, el yijadismo y también el terrorismo etarra para confeccionar un coupage con el que le ha salido un vinazo, perdón, una novelaza.

Sin comparar con la anterior, El baile de los penitentes, donde el componente psicológico primaba sobre el conjunto y donde el thriller apartaba a codazos a la novela negra, en esta, El porqué del color rojo, el autor se supera y cambia de registro con una trama que sujeta como racimos de uva, para que no se desparrame y obtiene un final redondo.

Y es que en una novela negra no basta con un buen argumento, hay que saber tratarlo sin olvidar ninguna de las etapas y esperar el momento adecuado para liberarlo y es que el vino sabe mejor en copa que en vaso, y siempre en compañía.

La acción, que transcurre en ese entorno rural que Paco conoce tan bien, entre campos y viñedos con estrechos trazados sin asfaltar donde la circulación precisa de pericia, denuncia la parte de la vendimia que no se quiere hacer pública así como la ceguera mental de quienes la gestionan. Y, una vez más, consigue unos personajes con tanta personalidad y cuerpo como ese vino del que tanto se alardea en la zona. Ninguno tiene desperdicio, hasta la última gota.

Lo dicho, una novelaza.