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miércoles, 15 de abril de 2026

Muerte entre libros de Amie Schaumberg

El arte pictórico tiene la capacidad de atraer la atención. Aunque no se entienda su intención, aunque no se comparta su sintáctica. Pero si para profanos es solo un estímulo visual, para eruditos es una puerta que franquea el paso a un mundo alternativo.

Un erudito en arte, no solo vive su pasión en el plano mental, sino que ansía también formar parte de él. Tener asiento en las primeras filas de las páginas de la historia. Por eso atrae a asesinos en serie.

Cuanto más brillante es la mente más cerca está la persona de confundir la realidad y, como Ícaro, más lejos está de advertir que la soberbia conlleva debilidad.

El cuerpo de una joven aparece semicubierto de agua en un abrevadero en una granja abandonada. Pero no está al descuido, sino que forma parta de una performance que incluye su vestuario, su posición, su ubicación y el decorado pintado en la pared. Se diría que representa a Ofelia, quien fuera considerada la prometida de Hamlet.

Sin duda es obra de un asesino que se cree artista. La puesta en escena tiene representación gráfica y también origen literario. A una mente así hay que temerla, porque no solo muestra que su capacidad intelectual supera la del resto de mortales sino porque explica, sin palabras, que habrá más.

Un museo no se aguanta con una sola obra, pero se construye a partir de ella.

Ian Carter y su compañero Mike Kellogg son los encargados de la investigación, a la que se añade como una suerte de consultora, la profesora de literatura Emma Reilly.

Los primeros van a proceder policialmente analizando las pistas, las pruebas y comprobando coartadas del elenco de sospechosos que van a ir identificando. La segunda aporta información sobre el sentimiento que puede mover al asesino a recrear obras de arte con notas a pie de página.

Muerte entre libros es un recorrido por un museo a ritmo de thriller. Es una novela policiaca erudita pero no pedante. Elige frases de clásicos y pinturas prerrafaelitas como pistas más trascendentes que huellas de pisadas o colillas de cigarrillos, porque ansía mostrar la relación creativa que pueden compartir un artista y un criminal conocedor de dicho artista. Al considerar que ambas figuras suelen vivir en una realidad distinta a la que comparte el resto de la humanidad.

Amie Schaumberg vuelca su pasión por la lectura y su profesión de profesora de literatura para moldear a Emma Reilly, su alter ego, y conducirnos, como entusiasta cicerone, a recorrer momentos determinantes en la historia del arte en una atmósfera criminal, que bordea el terror.

Una obra en lo que lo relevante no es el cómo: tiene poco recorrido; ni lo importante es el quien: la autora no consigue esconder su identidad; sino que lo realmente interesante es el porqué: cuál es el clic que activa la parte oscura de la mente, que lleva a un ser humano a creerse un dios, y poder disponer de vidas humanas como meros instrumentos para alcanzar la gloria.

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