Franz Escher, el protagonista, no es asocial, pero si retraído, vive solo y siente una pasión por los puzles que trasciende lo razonable. Una afición que nace de una manera tan entrañable como para rememorarla agradecido como se recuerda a un salvavidas. Una vez escribió una novela, pero ahora solo las lee.
La que está leyendo en este momento aborda la vida de un
mafioso italiano arrepentido que espera su liberación de la cárcel y que ansía
llegar a Alemania con una nueva identidad, amparado por la ley de protección de
testigos, aunque sabe que su delación jamás será perdonada y que su vida, a partir de ahora, va a ser muy distinta a la que fue.
El arrepentido, el segundo protagonista, en la celda, aprovecha para practicar alemán
leyendo una novela que narra las vicisitudes de un individuo taciturno que vive
solo, rodeado de puzles, porque no consigue retener a nadie a su lado. Ni tan
solo en su fiesta de cumpleaños.
Cortocircuito es una
novela metaliteraria, suma de dos novelas que entremezclan humor negro, crimen
organizado, causalidad y casualidad, si es que esta existe.
La evolución de ambas historias y la vida de sus
protagonistas, va a ir mostrándose a medida que las piezas del puzle vayan
encajando, ya que cada una de ellas es una microhistoria en sí misma.
Ambos personajes actúan como los personajes de
una obra de Maurits Cornelis Escher, no en vano la afición a los puzles viene
de Manos dibujando y no es casualidad que el protagonista determinante
tenga el mismo apellido que el artista.
Ambos, el artista gráfico y el literato, demuestran un virtuosismo en su obra que incita al espectador del primero y al lector del segundo, a preguntarse si es el azar el que rige el comportamiento de sus personajes o si estos son víctimas del determinismo.
Estamos ante un thriller existencialista pausado,
un rara avis dentro del género que suele caracterizarse por ritmo
acelerado y acciones relámpago, pero es que la novela también lo es, atípica,
dentro de lo que se considera estructura argumental habitual en el ámbito
literario, tanto en su forma como en su contenido.
Aún y así, ese ritmo pausado es capaz de no
solo de generar tensión sino de ir incrementándola y sin artificios, no hay
capítulos cortos ni finales de página cliffhanger, consigue que el libro
no se despegue de las manos. He tenido la oportunidad de leerlo de una tirada y
de la inmersión aún me zumban las neuronas.
Nada, pero nada de nada, en el argumento es
gratuito y todo encaja en algún momento, cada pieza es necesaria y
especialmente las últimas, la carta y el carro de la compra, que concluyen el
puzle en un final tan humano, por emotivo, como artístico, por eso mismo.
Si no leen esta novela se arrepentirán. Tal vez
no hoy, ni mañana, pero habrá un momento en que recordarán esta oportunidad
perdida.


