Después de los lloros por emoción intensa en las procesiones de Semana Santa, llega a Sevilla, la Feria de Abril. Una semana de fiesta, en la que si se derrama alguna lágrima se espera que sea de risa y felicidad.
No por una víctima de asesinato y mucho menos
por la desaparición de un niño, que está viviendo su primera fiesta con unos ojos tan grandes como la manzana caramelizada que está comiendo.
La inspectora Jara Vega, de la Brigada de
Homicidios, que está pasando una etapa de duelo que parece no tener fin, es la
encargada, junto al subinspector Avilés, de la investigación.
Ella, por su situación personal, odia la
fiesta, él, por sevillano, la anhela desde el momento en que se acaba. Ambos
ofrecen un contrapunto en su faceta personal y enfoque profesional que
estabiliza la barca y permite que llegue a puerto.
El caso criminal acaba siendo más complejo de
lo inicialmente supuesto, y tal vez por eso el desarrollo de la trama sufre de
altibajos.
Hay explicaciones técnicas, que demuestran
trabajo buen trabajo de documentación, que parecen entrometidas en el flujo
literario.
Y hay mucha dedicación a la protagonista
enfrentándola a tres frentes de shock distintos, demasiados, uno adecuado, otro
gratuito y un tercero poco natural, que actúan de acicate para su crecimiento
personal consiguiendo que se reconstruya como persona. Lo que viene a ser un
poco cínico habida cuenta de que lo logra a merced de lo se ha quedado por el
camino.
Este enfoque intimista acaba eclipsando el caso policial que se resuelve de manera precipitada en tiempo y forma.
Feria de sombras es una
novela policiaca que no acaba de desarrollar todo su potencial. Es probable
que, siendo la presentación de la protagonista, la autora, Reyes Vargas,
haya querido meter demasiado contenido desdibujando el planteamiento inicial.
Hay que esperar que, en la segunda entrega, ya
sin ese lastre, muestre toda su capacidad narrativa que se anticipa mucha y
buena.


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