Ante un crimen, probablemente quienes más sufran, víctima aparte, sean sus allegados, pero ¿hay una sola víctima?
Absurda pregunta, dirán. Claro que solo hay una
víctima: la persona que ha sido asesinada. Aunque bien mirado, la familia
cercana también es víctima de su ausencia y de su negado futuro.
Pero nadie piensa en el asesino como víctima de
su impulso y por tanto nadie hace extensivo el pensamiento de víctima hacia la
familia de este sino es para corresponsabilizarla de los hechos. Hacerla objetivo
de su odio por haber engendrado un monstruo, por no haberlo educado y
controlado, por no haber detectado su vena homicida, por haberles destrozado la
vida.
Nadie piensa en esa familia como víctima. No se lo merecen. Son asesinos por omisión, por parentesco, por ósmosis, por vivir en la misma casa y comer en la misma mesa. Han cometido el pecado de la consanguinidad, el pecado de la sangre.
Y sin embargo esa familia también es una
víctima. Directamente culpable de nada pero víctima de todo lo que esa inocencia
conlleva. Y las consecuencias son devastadoras.
El pecado del hijo explica
como una familia se ve arrastrada por el torbellino que le supone tener un hijo
culpable de un delito execrable.
Cuando se comete la violación y terrible
asesinato de una menor, el pueblo se subleva contra un enemigo invisible.
Cuando se descubre y detiene al sospechoso, el pueblo tiene un nombre, pero
encarcelado, y la familia es alguien físico y visible a quien insultar y
culpabilizar. Cuando se demuestra la culpabilidad del agresor, la familia, ya
estigmatizada a perpetuidad, empieza una caída libre hacia el abismo de la
autodestrucción.
Y es que el asesinato es un arma de destrucción
masiva de 360 grados, del que nadie que se encuentre en su radio de acción escapa
a su influencia; nadie sale indemne.
Miguel Ángel Vivas escribe desde la perspectiva de un francotirador, desde lo alto y apuntando donde más duele. Y siembra el desazonador texto de preguntas verbalizadas en boca de los protagonistas, que traslada también a los lectores, para que se enfrenten al dilema moral que supone una situación de tal calibre.
Y por si la lectura no fuera suficientemente dura, provocando que las emociones se prolonguen aún acabada la novela, aquellas preguntas sin respuesta acechan para ir recordando que no basta con ser buena persona si alguien allegado no lo ha sido. Y que, aunque no sean responsables directos de ningún delito, su vida puede cambiar, que digo cambiar, destruirse, en un solo minuto.
Terrible pensamiento; vacúnense contra el antes de empezar la lectura.