Si enfrentarse a la declaración de renta, una
vez al año, ya resulta traumático, imagínense quienes tributan en estimación
directa que deben hacerlo trimestralmente. Para ello está el Modelo 130.
Un papel que puede provocar ansiedad a muchos
pero que por si solo no debería ser capaz de matar a nadie, aunque aparezca
grapado en el pecho de un cadáver, y menos si el cuerpo es de un asesor fiscal
acostumbrado a lidiar con ese tipo de documentación y capacitado para
rellenarlo correctamente y para no sucumbir a su aspecto fiero.
El cadáver es un hecho y el Modelo 130 un aviso
a navegantes, algo que no son ni el inspector Gregorio Gómez ni la agente
Maryan porque lejos de plegar velas se lanzan a todo trapo a una investigación
que, para seguir con el símil marino, pasa rápidamente de marejada a mar gruesa
y alcanza a mar enorme.
Nadie, ni ellos ni nosotros, podía imaginar que
aquel muerto iba a traer tanta cola.
El crimen del Modelo 130 es una novela negra de chascarrillo corto y directo. Su humor ya lo demuestra con la psicología de los dos protagonistas: Gómez podría ser hijo ilegitimo de Torrente, por físico, verbo y comportamiento, y Maryan de Lisbeth Salander, por su desparpajo y sus habilidades informáticas y detectivescas.
Uno es analógico y vive en la etapa de la
televisión en blanco y negro y whisky Dyk y la otra maneja los soportes
digitales y su lexico con la soltura de quien lo ha mamado desde la infancia,
pero a pesar de su diferencia de edad y su abismo cultural, su relación es
satisfactoriamente colaborativa y ofrece diálogos jocosos de gatillo fácil.
Nos quedamos con las ganas de saber más de sus
vidas fuera del entorno laboral, pero igual lo conoceremos en la segunda
entrega que, su autor, Pedro Toledo ha amenazado con publicar en breve.
Al mundo criminal de ficción ha llegado una
pareja de investigadores que puede dar mucho juego, siempre, que como los
asesores fiscales, entiendan sus reglas y aprovechen al máximo sus
posibilidades. Habrá que esperar para comprobar.









