lunes, 7 de septiembre de 2026

El roscón de la discordia de Marisa Cuesta

Amparo Vellisca es panadera y repostera en Sigüenza y está preparando el tradicional roscón para mañana, cuando se celebra la festividad del Santo Niño Doctor, un roscón gigante para deleite del párroco y de la parroquia.

Pero esta vez la festividad no será júbilo y la sorpresa del roscón no será de gloria sino de pésame.

Y Amparo que tiene nariz privilegiada para los aromas de su obrador y para otros exteriores y no tan agradecidos, y que tiene un punto de investigadora amateur, se huele que algo no está como debería y se deja llevar por los efluvios para averiguar si hay algo que descubrir.

El roscón de la discordia aúna el noir rural con el costumbrismo de tradiciones, prejuicios y hechuras y maneras, para obtener un conjunto tanto o más sabroso que el roscón de mazapán, fruta escarchada y azúcar glas.

Las vicisitudes de los habitantes, resultado de recuerdos del pasado, vivencias del presente y expectativas de futuro arropan un argumento convincente con el asesinato como elemento central y predominante como figurita del roscón.

Marisa Cuesta ha cocinado una historia que se sostiene, que emociona y entretiene. Y es que ha utilizado los mejores ingredientes: buenos personajes, sólidos y auténticos, y hábil composición de distintos motivos y buenas razones para ejecutar el delito.

Material de primera calidad y así es imposible que el producto final no deje satisfecho a quien se acerque a sus páginas.

Van a encontrarse una novela con carácter; una novela auténtica de pueblo; unos protagonistas con mucha enjundia; una concatedral como escenario privilegiado; un órgano que suena como voces de ángeles; Migajón, el gato avaricioso de dulces, que vive en el obrador y Pinín, el canario que canta o no. Y las madalenas.

La autora describe a partir de emociones y sensaciones y no tanto con adjetivos, consigue, por ejemplo, que el frío que no abandona el relato, se sienta a flor de piel.

Una prosa en primera persona y tiempo presente para un relato atemporal.

Y es que “En los pueblos pequeños, las cosas se arreglan despacio. Pero se arreglan”.

Léanla a mordisquitos, como las madalenas, y saboreen cada migaja.

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