La novela negra, como instrumento de reflejo y crítica social, suele circunscribir su denuncia a lo acaecido a la víctima. Una visión reducida de su potencial que solo amplía el consabido víctima + culpable + investigación de la novela policiaca clásica.
Colmillos de metal va más
allá de esa ecuación de primer grado. Estamos ante un híbrido resultante de
trenzar una crítica social de barrio, asesinatos y elementos sobrenaturales y,
lo mejor, lo hace con tal naturalidad y aplomo que silencia cualquier posible
cuestión sobre su lógica argumental.
La crítica social de barrio se muestra en la
vida diaria de los distintos protagonistas, una vida de esfuerzo, mucho trabajo
y poca recompensa en un barrio donde conviven personas honradas y camellos
aprovechados de la desesperación para vender un poco de ilusión efímera y
ficticia.
El autor nos radiografía esas vidas a las que
accedemos con facilidad por hacerlas próximas, con sus comportamientos y su
lenguaje corporal y su habla repleta de localismos, no solo del lugar, sino
también propios de la edad y especialmente de la época en la que transcurre la
novela.
Los ’80 muestran un Madrid desequilibrado
socialmente, unos barrios donde la movida se mide en decibelios y lux de color
y luce diseños rompedores y estimulantes; y otros barrios donde de la movida no
llega ni el eco y los vatios de las bombillas alumbran miseria y penuria.
Los ’80 en Madrid, trajeron una epidemia de
heroína que se cebó especialmente en los barrios de clase obrera, provocando
miles de muertes y expandiendo un VIH, por aquel entonces un virus recién
identificado, con consecuencias a largo plazo. La muerte de un yonqui es algo
que lamentablemente se normaliza en la época y nada de tiempo policial se
destina a esclarecerla.
Es la gran plaga; es el castigo divino para desviados
y gentuza y sus muertes necesarias para limpiar el mundo de indeseables.
La novela transforma esas muertes en asesinatos
lo que permite una investigación que encabeza El Trallla, un empleado de
un establecimiento de productos Metal, batería en los ratos libres y seguidor y
creyente de fuerzas sobrenaturales y seres de luz y de oscuridad.
La investigación es un deambular por zonas
desahuciadas y entre gentes de poco perder por un barrio en épocas marginado y
en otras marginal, que a medida que retrata la realidad social de la época y la
zona, va acercándonos a un desenlace de serie B que es lo que ha pedido la
novela a gritos desde que nos ha mostrado sus cartas sobrenaturales y ya no hay
vuelta atrás.
Fernando Figueroa Saavedra, de quien este blog ha reseñado sus novelas de la serie divertida, alocada, erótica y criminal protagonizada por Harry Maesnow y Molly Grapes, se adentra en esta ocasión en una época más próxima, y en un lugar que conoce sobradamente, para ofrecer un entretenimiento no exento de impotencia por aquellos que cayeron.
La portada elegida para esta edición "es un guiño conceptual a las publicaciones de parapsicología de los ochenta" y es la puerta de entrada a una obra que apuesta por el mestizaje de géneros como acicate para explorar otras posibilidades literarias. Y también a una obra que en sus tripas dice más de lo que se lee. Lean y vean.

