Por su etnia y su oficio vive atrapado en un fuego cruzado permanente de acusaciones y desprecios. Por parte de gitanos, que lo acusan de traición, y de payos, que reniegan de su condición. Y no importa que sea o deje de ser, se imponen prejuicios ancestrales.
Conduce un Cadillac Eldorado del ’89, lo que supone ampliar dicha frontera; para su cultura es el éxito, el triunfo y se merece un respeto. Para la otra es una chulería macarra que rezuma corrupción.
Aunque el personaje se estrena en la tercera entrega de la trilogía de Indira Ramos, es en esta, que lleva su nombre, donde despliega toda su arrolladora personalidad.
Jotadé, la novela, es un thriller noir de alto voltaje; Jotade, el protagonista, es un antihéroe cínico, de humor ácido, e irreverente, no sabe cuándo callar lo que lo pone en el disparadero más a menudo de lo que probablemente quisiera; muestra una resistencia al dolor que lo hace casi sobrehumano: las pruebas de esta afirmación las hallaran en la lectura y a ellas me remito.
Se mueve siguiendo su brújula moral que indica siempre lealtad. Es leal con su familia, sus amigos y sus compañeros; una lealtad que antepone a normas y reglamentos, una voluntad férrea e inquebrantable.
Santiago Díaz sigue siendo un magnífico guionista y sus novelas son un espectáculo visual de acción y emoción. Administra los giros, los quiebros y los requiebros con tanta habilidad que la novela acaba siendo un ejercicio de contorsionismo digno de elogio.
En Jotadé se alternan varias subtramas dinámicas que avanzan todas a un ritmo rápido y ágil, ayuda que los capítulos sean cortos y su pulso cinematográfico. Cada una tiene su propia historia, pero aún se enriquecen más al irse entretejiendo para encauzarse en un único desarrollo global que explica con solvencia todas las incógnitas principales y es tan hábil como para abrir nuevos interrogantes.
Cada hilo está trenzado con intención, no hay relleno, y cada uno cumple su función que es mostrar una denuncia clara de la incompetencia de la sociedad para resolver sus males. Son de sobras conocidos, pero nadie prescribe el tratamiento y aún menos se preocupa de que la medicina se administre correctamente.
Jotadé es esa película que se lee de un tirón.


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