domingo, 18 de noviembre de 2018

En blanco y negro de Prado G. Velázquez

La lectura se convierte en algo tan visual
como un film noir americano de la dorada
época del blanco y negro.

En las décadas ’40 y ‘50 la novela negra americana, y por extensión el cine negro, tenían por protagonista único e indiscutible al hombre, encarnado en un detective privado. La mujer, o dulce esposa abnegada o femme fatale rompe corazones y hogares, de final fatale. Ambas comparsas sometidas al inseguro carácter masculino siempre veleidoso.

Mujeriego, alcohólico o casi, fumador, solitario, amargado, eterno paladín de la lucha contra el mal y en pro de la justicia. Un caballero sin más armadura que una gabardina y con la ironía como principal arma antes que puños y pistolas.

En blanco y negro es una novela ambientada en esa época. En la época dorada del noir americano. Y es típica del género pero sin caer en los tópicos o aun haciéndolo es capaz de darle un giro para que la lectura no sepa a más de lo mismo.

En primer lugar lo logra proponiendo a una detective privado en lugar de a un. Esto que hoy nos parece normal no lo era para nada en la América de esos tiempos; ni en la real ni en la ficticia impresa en pulp.

En segundo presentando una trama que va ofreciendo diversos reflejos según le dé la luz con una magnífica y melodramática puesta en escena final, digna del mejor film. Que sea poliédrica ayuda mucho, de ahí el mérito al componerla.

Y en tercer lugar lo consigue gracias a su preciso redactado, a su dominio del lenguaje y a un laborioso proceso de documentación que hace creíble lo que, no siendo real, bien hubiera podido ser.

Rachel Bladovich, para el oficio de detective R. J. Bladovich de la quien dice ser esposa y ayudante, es una ex-policía a quien le pudo la honradez y el cuerpo, el de policía, se lo agradeció quitándole el peso de la placa. Viste a lo Hepburn, es rebelde, bocazas, no como soplona sino como incontinente verbal de pullas, legal con quien lo merece y lesbiana.

Un rico empresario del mundo automovilístico que está siendo objeto de chantaje acude al despacho para que descubran el entramado. Desde el primer momento hay algo que no huele bien en el asunto pero el dinero es un magnífico desodorante y Rachel no va a tardar en comprobar que los cadáveres huelen peor metiéndose en una investigación que, como la vida, le viene un poco grande.

Rachel lo cuenta todo en primera persona, no podía ser de otro modo, y demuestra un sentido del humor contagioso, aún en circunstancias extremas. Que las hay: no se olviden que estamos ante una novela negra como las de antes, donde una vida vale pocos centavos.

La lectura se convierte en algo tan visual como un film americano de la época. Glorioso cine negro en blanco y negro. No falta ninguno de sus ingredientes y es una verdadera gozada revisitar sus señas de identidad y sus recovecos desde un punto de vista atípico.

Y es que la detective Rachel comparte con sus homónimos masculinos el gusto por meterse en líos, por el alcohol y especialmente por las mujeres.

Prado G. Velázquez
Hay ocasión de recordar y homenajear a grandes de Hollywood como Katherine Hepburn, Gene Tierney, Joan Crawford y Veronika Lake; a las productoras, las majors, y a los castings. También hay un sentido recuerdo por La Dalia Negra y un guiño a una escena de La ventana indiscreta del gran Hitchcock.

Prado G. Velázquez escribe de modo que las palabras se convierten en imágenes. Echa mano a recursos literarios con habilidad, alternando acción con reflexión y diálogos con monólogos para acelerar y desacelerar la trama y demuestra un dominio de la ironía y del humor rebelde que hacen que En blanco y negro sea una apología de la novela negra clásica, esa en la que el cinismo se disparaba a ráfagas. Léanla sin dudar siquiera ni un ápice.

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