Aunque sean obras distintas, es más que
recomendable el leerlas por orden, así antes de abordar la presente, El puente
de los delitos de Venecia, hay que empezar por El Cementerio de Venecia, la
primera entrega.
En el Puente de las Agujas ha aparecido un cadáver
y no es el de un noctambulo cualquiera, sino que se trata del secretario de la
Cancillería de la Serenísima República de Venecia, por lo que no se descarta
premeditación, y en su pecho tiene clavada una nota con una sola palabra:
Canaletto.
Alguien está desafiando al pintor; alguien que
lo conoce y que espera su fracaso en este duelo que ya ha empezado sin previo aviso ni notificación formal.
Canaletto y McSwiney, amigo, marchante y
compañero de investigación, con la ayuda del médico judío Isaac Lieberman, se
enfrentan a un misterioso asesino cuya agresividad y modus operandi los tiene
completamente desconcertados.
El Puente de los Delitos de Venecia es
un thriller histórico de temática criminal, si, pero también es costumbrista y
extraordinario pues incluye temática que se aparta
de toda normalidad.
Venecia no se recorre, se vive, y Matteo Strukul, exquisitamente documentado, nos lleva por un escenario inédito, puesto que la Venecia que nos presenta es la de 1729 y son miles de veces las que el acqua alta ha subido desde entonces.
Personajes de la historia real, intrigas
palaciegas y espionaje se unen al caso criminal para tejer un entramado ajustado
y a juego con las callejuelas de Venecia, algunas tan estrechas que hay que
avanzar de lado.
El autor destaca a Hugo Pratt, el trascendental
dibujante veneciano de adopción y padre de Corto Maltès, como fuente de
inspiración para dotar a la novela de un ritmo y secuencia de aventuras que emocionen
y entretengan y cuyo interés por conocer el desenlace de la trama no solo no
decaiga, sino que vaya en aumento.
El autor promete continuidad y es una buena noticia.


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