No puede, no debe, leerse esta segunda entrega de Casas Extrañas sin antes haber leído la primera. Pincha aquí para leer la reseña sin spoiler.
Y es que no es una segunda parte independiente
sino una única obra que por razones de funcionalidad se ha dividido en dos volúmenes.
En la entrega anterior partimos de dos casas identificadas. Dos supuestos
escenarios criminales. Dos interacciones. Y ahora llega la tercera casa. Se
puede observar desde fuera, se puede penetrar en su interior, se puede ver lo que muestra, pero para entender su significado hay que encontrar lo que esconde.
Uketsu, el autor real de la obra y el protagonista en la
ficción, con la compañía de Yuzuki Katabuchi y la imprescindible colaboración
de Kurihara, se adentra en el último acto de lo que puede suponer acceder a
donde habita el mal.
Un relato que progresa como una investigación
de misterio real, en la que personajes y lectores avanzan al mismo tiempo. Es por ese motivo por el que consigue crear una atmósfera tan
siniestra, con crímenes que, ante su ausencia visual, y solo presentes como proyecciones en la imaginación del lector, resultan aún más
perturbadores.
La prosa, basada en diálogos, es abrumadora en
su contenido y simple en su forma con total ausencia de literatura, suplida
satisfactoriamente con el dibujo en beneficio del lenguaje visual.
Así se perciben silencios largos, se pasea por espacios vacíos, se escuchan sonidos mínimos y se avanza en el desarrollo de trama con una sensación de
incomodidad creciente
Los personajes son meros instrumentos de una
trama urdida para el lucimiento de las casas que son las verdaderas
protagonistas, albergando una niebla que desdibuja los contornos hasta que, nítidamente, aparece una tradición familiar ancestral, como una luz al final del túnel.
Las sorpresas se suceden al tiempo que las
piezas van encajando para llegar a un final que da cumplida solución al
misterio para quien crea en la bondad de las respuestas pero que inquietará a
quien las convierta en preguntas.
El terror japonés da más importancia a la
atmosfera inquietante y a la sensación de fatalidad que a la violencia
explicita, algo que el dibujante Kyo Ayano domina a la perfección
generando esa sensación que supone que lo sobrenatural invada silenciosamente
la vida diaria en espacios cotidianos.
Tienen antes ustedes una obra mayúscula del
manga que se disfruta mucho mejor en segunda lectura y que no deben perderse
bajo ningún concepto.

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