Leer a Daniel Silva es subirse a un carrusel de emociones que, a cada vuelta, por no decir cada página, cambia el decorado: Cornualles, Londres, París, Ginebra, Venecia, Montecarlo, Córcega… viajes constantes y hoteles y restaurantes en los que no se escatima en gastos.
El autor es de los mejores en conseguir
amalgamar temas y personajes que a priori no parecen guardar relación para
ofrecer un final donde todo se conjunta ofreciendo una imagen nítida y, aunque
nadie lo hubiera dicho mediada la lectura, lógica.
La novela empieza con un asesinato brutal en
Cornualles, uno más de los cometidos por un asesino en serie, bautizado como El
Leñador por su peculiar forma de matar, y termina con… la resolución del caso.
Pero no es una resolución convencional y
lineal, sino que entremedias se dan hechos tan apasionantes como sorprendentes
son los giros argumentales que los ocasionan.
Charlotte Blake una profesora de Historia del
Arte, que se ha especializado en acreditar orígenes de obras pictóricas, ha
sido víctima del Leñador Su muerte trunca una investigación que tiene por
objeto un cuadro de Picasso.
Gabriel Allon, actualmente restaurador de arte
y antaño un espía que ha sido leyenda y quien tuvo, retuvo, acude al lugar de
los hechos a petición de un sargento detective, Timothy Peel, con el que le une
una particular relación, y junto a su peculiar socia, Ingrid Johansen, se van a
montar en ese carrusel del que no te puedes apear hasta finalizar el viaje sin
garantía de que acabes con vida.
Sus pesquisas aportan un nuevo enfoque al caso
que, si de ya por si parece complicado, aún lo va a ser más.
Y así la lectura de Muerte en Cornualles nos sumerge en un mundo de milmillonarios, en el que todo tiene un precio y un coste, y donde queda claro que quienes están en la sombra son los que lo ven todo más claro.
Historia Mundial e Historia del Arte como
vehículos, para ir del pasado al presente. Puertos francos, verdaderos agujeros
negros en los que, a modo de sus homónimos espaciales, lo que entra no deja
rastro. Paraísos fiscales nivel híperparaíso. La política, el espionaje y el
poder como medio y no como fin y la prensa como instrumento ensamblan un
argumento que no tiene fisuras.
Estamos ante un thriller de alto voltaje, nada nuevo viniendo de la pluma de Daniel Silva, pero que alegra comprobar que sigue siendo fiel a ese estilo trepidante y conspiranoico, que ya vimos en la entrega anterior: El Coleccionista