Amparo Vellisca es panadera y repostera en Sigüenza y está preparando el tradicional roscón para mañana, cuando se celebra la festividad del Santo Niño Doctor, un roscón gigante para deleite del párroco y de la parroquia.
Pero esta vez la festividad no será júbilo y la
sorpresa del roscón no será de gloria sino de pésame.
Y Amparo que tiene nariz privilegiada para los
aromas de su obrador y para otros exteriores y no tan agradecidos, y que tiene
un punto de investigadora amateur, se huele que algo no está como debería y se
deja llevar por los efluvios para averiguar si hay algo que descubrir.
El roscón de la discordia aúna
el noir rural con el costumbrismo de tradiciones, prejuicios y hechuras y
maneras, para obtener un conjunto tanto o más sabroso que el roscón de mazapán,
fruta escarchada y azúcar glas.
Las vicisitudes de los habitantes, resultado de
recuerdos del pasado, vivencias del presente y expectativas de futuro arropan
un argumento convincente con el asesinato como elemento central y predominante
como figurita del roscón.
Marisa Cuesta ha
cocinado una historia que se sostiene, que emociona y entretiene. Y es que ha
utilizado los mejores ingredientes: buenos personajes, sólidos y auténticos, y hábil
composición de distintos motivos y buenas razones para ejecutar el delito.
Material de primera calidad y así es imposible
que el producto final no deje satisfecho a quien se acerque a sus páginas.
Van a encontrarse una novela con carácter; una
novela auténtica de pueblo; unos protagonistas con mucha enjundia; una concatedral
como escenario privilegiado; un órgano que suena como voces de ángeles;
Migajón, el gato avaricioso de dulces, que vive en el obrador y Pinín, el
canario que canta o no. Y las madalenas.
La autora describe a partir de emociones y
sensaciones y no tanto con adjetivos, consigue, por ejemplo, que el frío que no
abandona el relato, se sienta a flor de piel.
Una prosa en primera persona y tiempo presente
para un relato atemporal.
Y es que “En los pueblos pequeños, las cosas se
arreglan despacio. Pero se arreglan”.
Léanla a mordisquitos, como las madalenas, y
saboreen cada migaja.








