domingo, 22 de mayo de 2016

Candy City de Alberto López Aroca

Esperando ver pasar el cadáver
de tu enemigo
Candy City es una pequeña ciudad cercana a New York que a principios de 1900 proyecta su crecimiento a partir de una fábrica de caramelos, la Jimmy’s Factory que distribuye su dulce mercancía por diversos estados. Cada noche salen camiones bien cargados, aunque no siempre sea de caramelos, que proporcionan lucrativos beneficios al propietario James McCulloch.

En esa época el auge tiene más de turbio que de limpio. Difícil separar dinero y posición relevante de poder, de corrupción, de violencia, de vileza… fácil en cambio separar gente de bien y miembros de bandas de gángsters.

Jonathan Thompson viene de familia de bien (abuelo juez y padre policía, ambos honestos y respetuosos con la ley) pero acaba trabajando como persona de confianza de James McCulloch, el hombre más poderoso de Candy City y un mafioso sin escrúpulos, que no duda en encargarle los trabajos más delicados que son resueltos diligentemente y a plena satisfacción.

En la novela vamos a ir conociendo los cambios que sufre la ciudad mientras acompañamos a Jonathan que va creciendo en edad y en importancia dentro de la organización mafiosa para la que trabaja junto a su amigo Louie Katzenberg.

La novela es todo un retrato social de la historia criminal de finales del siglo XIX y principios del XX que, con ligeras variantes etnológicas, se manifestó en todos los pueblos y ciudades de los Estados Unidos.

Érase una vez América, tierra de las oportunidades para gente sin escrúpulos, contada por uno de sus directos y principales protagonistas desde el banco de los acusados.

Y lo cuenta tal como lo siente y tal como lo vive y por eso puede parecer crudo pero solo es conciso y puede parecer despiadado pero solo es insensibilidad: servir al patrón supone no cuestionar las ordenes y tomar decisiones significa asumir sus consecuencias.

Sería fácil y tentador comparar autor y obra con, por ejemplo, Jim Thompson o Dashiell Hammet y con 1.280 almas o Cosecha roja, por citar autores y obras sobradamente conocidas por los seguidores del género y de quien Alberto López Aroca, el autor de esta breve pero intensa novela negra que es Candy City, se reconoce deudor.

Pero flaco favor le haríamos porque estaríamos asumiendo que este autor es uno más de muchos cuando lo que sucede es que simplemente la historia ha hecho que naciera y escribiera después que ellos.

Cierto es que Alberto reconoce que con la novela ofrece un homenaje al género y a los autores mencionados, pero su recreación es de tal calidad que merece ser tratada sin comparaciones. Léan y disfruten novela negra americana auténtica escrita desde aquí.

Ilustración página 13
La edición de la novela contiene precisas ilustraciones de Sergio Bleda, dibujante muy conocido en Francia y prácticamente desconocido al sur de los Pirineos y el resultado complementa perfectamente al texto y le da un acabado pulp con todas las de la ley.

Ley que en Candy City no la dictamina la placa ni la toga sino las balas, el cuchillo y las tijeras de podar.

A Alberto López Aroca ya lo conocíamos por su facilidad por recrear la novela policiaca del universo de Sherlock Holmes. Recuerden las reseñas en este mismo blog de Estudio en esmeralda y Los zombis de Crawford pinchando sobre el título.

Visiten su web desde donde vende sus obras directamente.






martes, 10 de mayo de 2016

Cómo defender a un asesino Temporada 1

Serie TV dramatico policial
jurídica
En el mundo de las series televisivas de temática criminal están las que la tratan el delito desde el enfoque policial, las que lo hacen desde el punto de vista del detective privado y las que lo tratan desde el aspecto judicial.

Lejos quedan antecedentes como La ley de los Ángeles pero de esas fuentes han bebido las series que resuelven sus casos en un tribunal y una de ellas es Cómo defender a un asesino, un psicodrama de corte legalista con visos de culebrón.

La serie es de Shonda Rhimes que muchos recordaran por su otra serie de éxito Anatomia de Grey y sigue un patrón similar: mucho enredo, mucho sexo, y mucho, mucho engaño.

Annalise Keating (interpretada por la actriz Viola Davis) es una brillante, carismática, dura y en apariencia despiadada abogada defensora que cuenta con Bonnie Winterbottom (Liza Well) y Frank Delfino (Charlie Weber) en su bufete de letrados, que le profesan una devoción y entrega absoluta.

Su equipo se incrementa incorporando alumnos de 1º de Derecho de la facultad, como becarios sin remuneración, donde también imparte clases en la asignatura que precisamente da nombre a la serie: Cómo defender a un asesino.

Su vivienda, donde convive con su marido Sam Keating, es a la vez despacho profesional donde atender a los clientes y sala de reuniones donde se concentra todo el equipo para los debates, labores de investigación, preparación de los casos e interrogatorios coloquiales.

Con esa ubicación geográfica la serie prescinde prácticamente de exteriores y gran parte de la acción transcurre entre la casa-despacho de Annalise, el aula de la Facultad y la Sala del Tribunal donde se dilucidan las causas penales consiguiendo imprimir un ritmo trepidante, sin dar tregua al espectador.

La serie se estructura a partir de una trama lineal basada en la desaparición de una joven estudiante universitaria residente en el campus y presenta además un caso de defensa criminal auto conclusivo en cada episodio.

Los casos son un muestrario de delitos en los que, para la defensa, nada importa la culpabilidad o no del acusado y solo interesa que no esconda información que pueda servir al fiscal para pillarla en un renuncio.

En los juicios no gana la verdad ni la razón, ganan los argumentos más convincentes. Ganan los letrados más habilidosos, los golpes de efecto, la siembra de cizaña y la lluvia de dudas. Ser inocente o culpable resulta tan irrelevante como ser rubio o moreno ya que un buen abogado con un buen tinte en las manos puede cambiarlo en unos instantes. Triste y descorazonadora moraleja que implica una denuncia clara sobre la hipocresía que gobierna el sistema judicial y sobre la aplicación de la ley.

Protagonistas recurrentes
Los estudiantes protagonistas, dos chicas: Laurel Castillo (interpretada por Karla Souza) y Michaela Pratt (Aja Naomi King) y tres chicos Wes Gibbins (interpretado por Alfred Enoch), Connor Walsh (Jack Falahee) y Asher Millstone (Matt McGorry), tienen personalidades relevantes, marcadamente caricaturescas  y antagónicas y a pesar de sus diferencias sociales y su forma de pensar consiguen conformar un equipo cohesionado que desborda todo tipo de emociones a la primera de cambio.

A lo largo de la temporada se constata una clara evolución de esos jóvenes, van ganando madurez y al final ya no queda ningún resto de la bisoñez inicial.

Todos han cambiado y las relaciones personales entre ellos y con terceros y con el entorno, el sentido que le dan a la vida y el que le otorgan al ejercicio del derecho penal ya no se ven de la misma forma. Enfrentarse a traumas en primera persona y a delitos reales y convivir con ellos no tiene nada que ver con el estudio teórico desde la confortable seguridad del aula y su impacto es visible en su físico, más endurecido, y en su carácter, ahora más decidido.

La serie suministra la información de la trama principal con los hechos ya consumados y los presenta en modo flashback con información incremental y giros cogidos por los pelos para desconcertar y hundir cualquier hipótesis que el espectador hubiera podido elaborar. Además cierra cada capítulo con una imagen sorprendente que persigue la fidelidad de la audiencia, ansiosa por conocer el desenlace.

En las situaciones de mayor tensión el encuadre del plano se vuelve oblicuo para desasosiego del espectador con lo que se busca que este experimente la misma sensación que está viviendo el protagonista.

Por su estructura y su ritmo, aunque con acciones y soluciones tramposas para el espectador, consigue resultar adictiva y la variedad de casos tratados y los distintos registros de sus protagonistas la distinguen de otras series más protocolarias. En esta el delito no solo lo comete el delincuente sino también los que lo defienden e incluso los que lo acusan, aunque en el juzgado ocupe cada cual su lugar.

Seguramente Cómo salir impune de un asesinato, traducción más ajustada al original inglés de How to get away with murder, se acercaría más a la realidad de la serie ya que no solo los acusados que llegan a juicio salen bien librados.

La segunda temporada ya emitiéndose  y la tercera en rodaje.

viernes, 6 de mayo de 2016

Angola de Fabien Nury y Brüno

Angola es el centro penitenciario del Estado de Louisiana del que nadie sale vivo. Angola no pretende la reinserción de quienes delinquieron; pretende su explotación como mano de obra gratis hasta su aniquilación. Angola es donde ha ido a parar Tyler Cross después de ser vendido en el último robo en el que trabajó. Angola es donde debería cumplir veinte años de condena pero el clan siciliano se ha empeñado en que no sean tantos y pretenden matarlo muchísimo antes.

Angola es La Granja porque los presos son el pienso que sirve para engordar a los magnates corruptos que intervienen en la gestión económica de este centro penitenciario.

Y en Angola transcurre esta segunda entrega del heterodoxo Tyler Cross. En un relato crudo con un tempo milimétricamente medido para ir subiendo el clímax y conseguir un desenlace especialmente intenso.

El guión, encarcelado por estar en una prisión, maniobra como puede en el poco espacio que dispone y la inventiva desarrollada para que sintamos esa sensación de claustrofobia al aire libre es demoledora.

El dramatismo de cada viñeta hace palpable el sufrimiento y la desesperación que conviven con cada preso desde la mañana hasta cuando duermen. Sometidos a una dura disciplina y a un trato vejatorio. Sentimientos a los que Tyler Cross parece inmune mientras su mente ejecuta cada movimiento, todo calculado en su estrategia para conseguir lo que se ha propuesto desde que lo atraparan: escapar y vengarse.

Fabien Nury en su línea de poner solo el texto justo ofrece un guión medido y ya se sabe que sus diálogos, de frases cortas y directas, los carga el diablo.

Brüno demuestra su virtuosismo dibujando con esa admirable aparente sencillez de líneas y con la que consigue lanzar contundentes mensajes.

Y Laurence Croix maneja el color con gran habilidad para reforzar no solo los espacios físicos: interiores, zonas de trabajo o paisajes del bayou sino para mostrar que es lo que se siente estando en cada una de esas zonas. Dib-buks no se queda atrás y lo empaqueta todo en una edición con su habitual mimo y gran calidad.

La labor de documentación de los autores (como ya se viera en el primer número: súper exhaustiva) permite no solo dotar al guión y dibujos de referentes que contextualizan perfectamente la historia sino que además son vehículo para canalizar homenajes y guiños que engrandecen la obra presente y a las que hacen referencia.

Esta vez han buceado en películas carcelarias, me vienen a la cabeza escenas sobre todo de Papillon con Steve McQueen, Fuga de Alcatraz con Clint Eastwood y La Leyenda del Indomable con Paul Newman, todas protagonizadas por hombres duros de rostros hieráticos, viviendo situaciones extremas y con un solo objetivo: escapar.

Cubierta original de Angola y cartel del film Hud! 
Y a propósito de Paul Newman otro guiño, uno más de tantos que pueblan las páginas de los cómics de Tyler Cross. La cubierta editada por Dargaud homenajea a la del cartel del film del western Hud!: el más salvaje entre mil. Suponemos que la elección tiene algo que ver con que la temática de Angola y Hud sea de fuerte componente dramático, transcurra en ambiente rural y sus protagonistas sean perdedores.

Tampoco hay que olvidar en el apartado de las referencias a Parker peliculizado y comicanizado a partir de las novelas de Richard Stark (aka Donald Westlake) que sabe mucho de traiciones y de prisiones.

Sin duda alguna Tyler Cross con quien se empatiza inmediatamente pese a su condición de outsider, o precisamente por ella, es ya y con solo dos números publicados un icono y un referente del cómic actual y de la serie negra en especial. Nadie que guste de esa oferta puede dejar de leerlo.

La edición cuenta con un bonus: los dibujos del primer final pensado y que luego fue descartado por el publicado. ¿Cuál prefieren?

Si la primera entrega Río Bravo era muy, muy buena (lean aquí la reseña) esta segunda es mejor.




domingo, 1 de mayo de 2016

En el nombre del cerdo de Pablo Tusset

Cuando el cuerpo de una mujer descuartizada es hallado en un matadero rural de cerdos, el comisario Pujol encuentra a través de la investigación, sorpendentemente y sin buscarlo ni pretenderlo, un nuevo sentido a su vida. Sexagenario, felizmente casado y en puertas de su jubilación descubre un yo joven y atrevido en su interior que le hace conectar, libre de prejuicios, con el mundo actual.

La trama policial, brillante en su inicio, pronto se diluye en narrativa costumbrista urbana y rural, con individuos asociales y otros más gregarios, que está, por momentos, muy bien descrita pero que nada o poca relación tiene con la zanahoria que nos habían mostrado y que acaba fatigando al lector que había entrado a por negro y le está saliendo rosa palo y además descolorido.

Difícil clasificar la novela En el nombre del cerdo que parece no tener claro a donde va ni porqué y que supone enredar al lector en una madeja con varios personajes principales en lugares dispares y con hilos argumentales independientes aunque se acaben cruzando porque alguna coherencia hay que darle al argumento.

Hay énfasis en las peculiares relaciones personales de todos y cada uno de los protagonistas ya que la novela se sostiene con estos caracteres de personajes solitarios que arrastran su compleja psicología como quien lleva una pesada mochila de la que no puede deshacerse. Y hay poesía con mensaje esotérico incluído de esos que abundan en los thrillers históricos.

Claro que para ello el autor recurre a forzar situaciones, ya que si no sería difícil encontrar tanta diversidad en unos espacios tan reducidos, y con ello acaba trampeando al lector, sobre todo con T (el protagonista de la segunda subtrama principal; la primera corre a cargo del Comisario Pujol) ya que solo presentándolo como un Maverick desatado podría justificarse o entenderse su comportamiento.

La novela se estructura en capítulos agrupados bajo tres epígrafes alternos: el paraíso (cuando la acción transcurre en New York), el mundo (cuando es Barcelona el lugar elegido) y el infierno (cuando es el pueblo de Horlá el protagonista) y eso a partir del cuadro de El Bosco, El Jardín de las Delicias, tríptico conformado con esos escenarios (aunque su mejor parte y la menos conocida sean las tapas).

La analogía debería responder a alguna razón más allá de la pueril y evidente de los tres escenarios pero el escritor, al igual que el pintor, nos la ha querido hurtar y dejarnos libertad de pensamiento.

Tanta libertad como que deja hilos del argumento al aire (algunos claman al cielo y sea olvido o pasotismo o intencionado es una clara falta de consideración al lector), otros los corta por lo sano sin importar cuan largos eran y si venían desde el principio o habían surgido en algún cruce y otros los anuda deprisa y corriendo conformando una obra que a quien solo satisfará plenamente es al autor.

Y así el resultado es una novela difícilmente asimilable como negra o policial, un experimento de escritura libre y creativa con poca incidencia en la parte manifiestamente criminal y más en la supuesta maldad que anida en cada uno y cuya lectura es como la interpretación del citado tríptico: con muchas escenas, y entre ellas abundan, para el profano, más las inconexas e incomprensibles que las justificadas o de evidente significado.


Pablo Tusset ha mezclado técnicas y recursos literarios en su parte formal, nada extraño visto su antecedente literario Lo mejor que le puede pasar a un cruasán y, heterodoxo como es, lo demuestra con una trama donde enlaza sentimientos y emociones, incluso se permite un irónico cameo pero prefiero un cruasán antes que esta novela. 

martes, 26 de abril de 2016

Let it be de J. E. Álamo

Sólo se debería morir una vez
A ritmo de Beatles y en especial de las canciones de John Lennon transcurre el segundo caso policial del detective Tom Z. Stone.

En esta ocasión Tom no tiene mucho tiempo para recrearse en los detalles, urge resolverlo para tener alguna oportunidad de salvarse a si mismo ya que la Ley de Decaimiento, esa ley biológica que determina que todos los reanimados vuelven a morir, esta vez definitivamente, en una plazo no superior a los cuatro años desde su resurrección le está mordiendo los talones.

Let it be supone para él esa luz que brilla en la oscuridad y que le dice que aún ha esperanza.

Tom debe encontrar al hijo desaparecido de un predicador, una oveja descarriada de la congregación a ojos de su padre y en su búsqueda va a comprender que nunca había entendido el verdadero significado de la palabra peligro hasta ese momento.

Hay una nueva droga en el mercado llamada Lázaro, nombre que claramente define su función y su posible relación con el caso obliga a Tom Z Stone a ser muy cuidadoso atendiendo los barrios marginales por donde debe moverse, dando lugar a una serie de giros argumentales que generan situaciones absolutamente deliciosas.

A Tom le impone este caso el comisario Garrido que él nunca hubiera elegido ni aceptado pero que no tiene más remedio que tragar. Como tampoco puede decir ni mu al, impuesto por decreto, compañero más insospechadamente pausible con el que llevar a cabo una investigación, ni más ni menos que El Sanguinario.

Ambas imposiciones destapan su vena más irónica y por ello sus diálogos son más corrosivos que el ácido y más cortantes que un folio guillotinado al bies; cierto que saberse cerca de la muerte también ayuda a desarrollar ese humor tan y tan negro que se respira en cada párrafo y que hace que nos caiga escandalosamente bien.

En la trama hay acción que destapa agresiva violencia diversa y sanguínea. No hay cuartel en la lucha que enfrenta a bandas de mafiosos por la propiedad de barrios; no hay cuartel para policías corruptos y tampoco la hay para los que han perdido el temor de Dios en esos días convulsos y menos lo hay para alguien que intenta interponerse y separarte del amor de tu vida.

Cada cual con sus razones y la violencia en cada uno para argumentarlas.

Los personajes secundarios, algunos repiten de la entrega anterior, son especialmente adecuados a cada situación y resultan muy motivadores para mantener el ritmo de la trama y asegurar tensión constante que impide cerrar la novela.

J. E. Álamo escribe con buen oficio. Sus diálogos se ajustan al estereotipo que se espera de un duro detective privado y que tenemos fresco en el recuerdo gracias a Philip Marlowe o Sam Spade por ejemplo pero los conforma en un entorno adaptado a los tiempos en que se desarrolla la acción y a las peculiares circunstancias que toca vivir, o morir según se esté en un lado u otro del efecto, que hace que su estilo narrativo sea muy personal y muy estimulante intelectualmente hablando.

Estilo que persiste, igual que con su novela anterior, incrustando micro historias entre capítulos como crónicas de sociedad y flashes informativos que permite conocer más sobre los Z y su forma de entender esta nueva vida que les toca vivir. Hay ahí un esfuerzo por construir todo un universo que se agradece por como enriquece la lectura y aporta valor al contexto.

Conseguir aunar al género negro, al Z y al de humor sin que ninguno de los tres sea ridiculizado y satisfacer a sus respectivos públicos no es algo que esté al alcance de cualquiera.

Su detective Tom Z Stone está configurándose como todo un personaje destinado a ser un clásico y hay que desearle que consiga alargar su particular vida para seguir dando a los lectores muchas alegrías.

Si aún no han leído la primera novela de esta serie, titulada Tom Z Stone, no deberían retrasar más su lectura, es fascinante, y luego sigan con esta segunda, es adictiva. Y no se extrañen si les parece ver a un Z por la calle: van a creer que existen de verdad. Casi van a desearlo.