miércoles, 3 de febrero de 2021

La hora de las gaviotas de Ibon Martín

En Hondarribia, como en otras poblaciones costeras, hay gaviotas. Pero ahí, y a pesar que todas tienen dos patas, unas vuelan y otras no, y aunque a estas últimas se les suponga personas, no dejan de ser depredadoras tan omnívoras y peligrosas como las gaviotas.

En Hondarribia, cada 8 de septiembre se celebra el Alarde, simulado desfile militar que evoca un hecho que ensalza el espíritu y los orígenes. Alardear es hacer ostentación de algo. Generalmente de hombría. Y es que las celebraciones populares que vienen de tiempos pretéritos exigen, en nombre de la tradición, perpetuar los actos y festejos a imagen y semejanza de cómo se iniciaron. Y si hoy en día a la mujer aun le cuesta pintar algo es obvio que por aquel entonces nada de nada.

De ahí que la mayoría de anacrónicos eventos, que la historia se empecina en mantener, no tengan presencia femenina, salvo si es servil. En Hondarribia, en los últimos años, se ha abierto un resquicio a la testarudez y permiten un desfile de mujeres, separadas de los hombres y como teloneras.

Que la mujer quiera hacer cosas de hombres, desfilar o ser patrona de pesca por ejemplo, suscita el rechazo de las gentes de la localidad. Y no solo por contaminados adultos sino también jóvenes en los que ya ha germinado un machismo extremo e incluso muchas mujeres jóvenes y no tanto.

Las vecinas y vecinos oscurecen el recorrido con plásticos negros para no ver y ensordecen con pitidos para no oír. Lo que no se ve ni se oye, no existe. Brutal desprecio con el que obsequian a sus amigas, compañeras de clase, de trabajo, vecinas, por querer un derecho que no se les reconoce.

Por eso cuando se produce un asesinato en pleno desfile no sorprende a nadie: algún día tenía que pasar.

Ane Cestero y su equipo se hace cargo de la investigación. Los conocimos en otro caso policial, en la localidad de Urdaibai, bajo el título de La danza de los tulipanes y ya vimos su fuerza de carácter y su inquebrantable solidaridad para con víctimas, sean de violencia física o de violencia social, y en esta ocasión van a encontrarse con extremos inimaginables.

En un pueblo, el culpable siempre está a la vista. Pero no basta con mirar, hay que saber ver. El machismo, deleznable lacra de profundo arraigo, no siempre tiene toda la culpa ni la culpa de todo.

En su deambular por el pueblo, entrevistando y recogiendo migajas de información, se van a encontrar con ese coctel explosivo que supone mezclar odios, envidias, intolerancias y venganzas, que van a sustraer su atención, y la de las personas lectoras, y van a confundir sus premisas con aspectos que abren interesantes, y apasionantes, subtramas y que el autor se encarga de cerrar convenientemente y a satisfacción en el momento preciso.

Ibon Martín escribe con determinación, presenta un argumento tejido con muchos hilos y lo relata con prosa viva y ágil. La hora de las gaviotas es un thriller noir de potente denuncia en el que la emoción y el suspense están garantizados hasta el mismo final.

Y mejora, si cabe, su anterior entrega con Ane Cestero a quien en esta ocasión le hará vivir un episodio desgarrador y la enfrentará a una tremenda tesitura en la que nadie puede salir indemne, sea cual sea la decisión que se tome.

La hora de las gaviotas desgarra, como pico ganchudo del ave del título, las tripas de una sociedad que esconde horrendos crímenes entre idílicos paisajes.

Aúna lo mejor del thriller noir, de la novela negra y de la policiaca para poner la piel de gallina con un relato estremecedor desde el inicio y que no decae en ningún momento. Lectura obligada. Recorrerán ese rincón de la fría costa cántabra y experimentaran las emociones, que son muchas y variadas, que les va a ofrecer.

Y si oyen risas de gaviota, no se confundan no es amabilidad, es burla.


miércoles, 27 de enero de 2021

Cielos de plomo de Carlos Bassas del Rey

Las ciudades que hoy conocemos, principalmente las grandes capitales, no siempre han sido así. Como las personas, nacen, se desarrollan física y mentalmente y engrandecen sus horizontes; pero a diferencia de los seres humanos, no mueren, solo se transforman.

Las ciudades son testigos de la historia. Sus edificios con sus comercios y sus calles, otrora caminos llenos de escombros e inmundicia y verdaderos y asquerosos barrizales en días de lluvia, cuando el agua arrastra consigo vertidos humanos desechados sin miramiento, son testigos de la historia de quienes las habitan que son quienes la escriben. Las ciudades tienen arte y parte, y culpa, de lo que en ellas vive y muere.

Los cielos de plomo, lo son por el color gris de lo que escupen las grandes chimeneas, son una muestra de lo que se respira y de lo que supone vivir y morir bajo ese manto de partículas que casi no deja pasar el sol.

En 1843 Barcelona es una ciudad con vida intramuros y extramuros. Son tan distintas que se diría que no son hermanas y sin embargo así es. Ritmos distintos, colores distintos, olores distintos y distinta longevidad. En extramuros se puede morir de enfermedad, de hambre o de vejez. En intramuros también pero además se puede morir, en cualquier momento y lugar, de un navajazo en las tripas, recostado contra un muro o sobre adoquines de color del cielo: gris plomo por el material y oscurecidos adicionalmente por la suciedad.

En 1843, Barcelona, intramuros, es una ciudad muy peligrosa si no se sabe dónde se pisa ni con quien se habla. A Víctor no le ha servido nada ser experto en ambas condiciones y por eso sus intestinos sobresalen, ya fríos, y sus ojos ya no ven aunque estén aún abiertos.

Víctor pertenecía a la Tinya, esa organización donde se agrupan quienes nada han tenido y nada pueden perder, si acaso la vida, y pugnan por sobrevivir robando y comerciando con información. Jóvenes harapientos con un código de honor militar a pesar de que la Tinya no quiera ser un ejército sino una familia, que tiene ecos entre los Irreductibles de Baker Street, y la cuadrilla de Oliver Twist. Hijos de la época.

Miquel Expósito amigo de Víctor a quien este apadrinara en su entrada a la organización se siente más que obligado, si no lo hace él nadie lo hará, a investigar la muerte de su amigo y vengarlo. Conoce las calles y cree saber cómo y qué hacer para esclarecer lo sucedido, pero es más lo que no sabe y entre lo que desconoce está el que la muerte de Víctor no es un hecho aislado como pudiera creerse en un principio.

Hay todo un entramado de corrupciones que deja las corruptelas de la Tinya en un juego de párvulos.

Carlos Bassas del Rey tiene un don natural para contar historias humanas y urbanas que embelesen a quienes se presten a leerlas. En ésta, como en las otras, el relato es fácil de leer, engancha desde el inicio y no te deja soltarla hasta el final. Verdades que engendran ficciones perfectamente engarzadas con ritmo y hechuras de intrigante thriller histórico; un nuevo registro bien resuelto para quien tan bien se desenvuelve en novela negra, como en esta maravilla que tituló Justo.


domingo, 24 de enero de 2021

La Tetera de Russell de Pablo Sebastiá Tirado

El terrorismo busca aterrorizar; el fanatismo aleccionar y afiliar. Para el terrorista religioso, el más fanatico, no hay término medio: o con sus ideales o contra ellos. Así, si no te conviertes a su ideario no dudará en matarte, aunque pueda comportar incluso su propia destrucción.

De ahí que religión y totalitarismo vayan de la mano, aunque no sea la religión quien actúe sino su interpretación y manipulación por parte de quienes la instrumentalizan para lograr sus fines.

Por eso vade retro ciencia que, con su quod era demonstradum, resulta la peor enemiga de la fe. Con la fe se cargan las armas con la que los fieles fanáticos matan y destruyen. Si la fe mueve montañas que no hará con las personas.

La acción de La Tetera de Russell transcurre en 2070, un futuro ciertamente distópico, en una Madrid, en una España, en una Europa, en un mundo, que poco tiene que ver con lo que se conoce en 2020. Hay países donde gobierna la racionalidad y otros donde lo hace la religiosidad. En unos se debate en otros se acata. En uno se castiga en otros se quema en la hoguera.

Hipatia, una joven y brillante matemática, tiene la suerte de vivir y trabajar en Madrid. En Alemania sería quemada por pensar, por leer, por ser algo más que un receptáculo destinado a la procreación.

Hipatia está ultimando un gran proyecto Deux ex Machina con el que espera poder eliminar la demora en el envío de mensajes en largas distancias espaciales; algo que, de lograrse, puede suponer un cambio de paradigma en la relación de tiempo, distancia y velocidad; y en el plano dimensional actual limitado a tres dimensiones.

La Tetera de Russell (no se preocupen del porqué del título: el autor lo explica al principio y su imagen no se les va a olvidar en la vida) es un thriller científico, filosófico, de contenido político y social que entretiene con sus propuestas científicas, incita a la reflexión con las filosóficas y evidencia que el poder político no acepta evoluciones sociales que no pueda controlar. Una novela negra atípica, donde la religión es protagonista. 

Pablo Sebastiá Tirado sorprende a cada nueva obra, capaz de escribir géneros variopintos y no desafinar en ninguno. En este blog ya se han reseñado La Sonrisa de las Iguanas, (un thriller noir humorísticamente descontrolado sobre las influencias y la corrupción frente a los ideales en la España de la crisis) y Reikiavik (una novela negra que introduce aspectos tecnológicos de anticipación y que ya deberían haber leído).

Redacta con palabras poco manoseadas y elige argumentos de trascendencia humanista en una constante búsqueda de respuestas científicas a lo que solo son creencias o en el mejor de los casos, teorías.

E insufla a Hipatia la determinación de Eleanor Arroway, esa Jodie Foster en el papel protagonista de Contact, esa película basada en la novela homónima de Carl Sagan.

Y recoge el testigo de la esencia literaria de Robert J. Sawyer buscando más sentido, si cabe, a los habituales postulados del escritor canadiense.

No dejen de leerla. Les entusiasmará el reto que les plantea. Y les hará pensar.

La ciencia ficción humanista tiene siempre su moraleja y para esta me viene a la cabeza aquel chiste en el que un nerd dice:

¡No se te ocurra leer La Eneida en tu ordenador!

Y se parte de risa (está llena de troyanos)


domingo, 17 de enero de 2021

El trato de Fátima Delgado Reina

En la finca sevillana de Caño Real se ha encontrado sangre pero no hay cuerpo. Según la denuncia presentada por su novia, correspondería a la de un joven que investigaba un antiguo suceso, ocurrido en la mansión, para limpiar el honor familiar. La casa, una ajardinada mansión, tiene, pues, otra tragedia en su haber y el inspector Cuevas, ayudado por la anticuaria Olivia, avanza en la teoría de que no existen las coincidencias.

Olivia, por antecedentes familiares que guardan cierta relación con los descendientes de la familia original, se inmiscuye más allá de su función requerida puntualmente como asesora policial y avanza más que la policía en obtener datos relevantes para la investigación.

Una novela de misterio alimentado por toques sobrenaturales y unas capacidades ocultistas con la misma credibilidad de cuarto milenio. La faceta criminal, discurre con corto recorrido policial y paralela a unas historias de amores y desencuentros y de deseos y ambiciones, que son origen y fin de los crímenes que se investigan.

El argumento imbrica dos tiempos narrativos, uno ubicado a mediados de 1860 y el otro en la actualidad pero no consigue darles el tratamiento costumbrista necesario, ni en la forma de hablar, comportarse y relacionarse, para una clara diferenciación de épocas habida cuenta que median más de 200 años.

A su vez mezcla voces desafiando la coherencia narrativa, un arriesgado ejercicio del que sale más o menos airosa, pero que tal vez no fuera necesario ya que supone más un acercamiento a la retórica estética que funcional y acaba siendo un elemento tramposo.

La resolución, a modo de novela policiaca, cierra satisfactoriamente todas las puertas que ha ido abriendo, pero no puede evitar caer en tópicos como el de otorgar habilidades informáticas extraordinarias a los adolescentes.

Cuando alguien con impulsos de creatividad literaria circula a diario al lado de La Casa de la Loca es lógico y comprensible que desee saber más y que luego se atreva a ficcionarlo plasmándolo en una novela.

domingo, 10 de enero de 2021

El crimen del Liceo, Barcelona 1909, de Fernando García Ballesteros

En el escenario del Liceo, ese templo operístico y artístico de Barcelona, donde tantos crímenes de ficción se han representado, se acaba de cometer uno de verdad.

El cuerpo de Victoria, la condesa de Cardona, se encuentra sin vida reposando, con la elegancia que la ha caracterizado, sobre un catafalco y luciendo en la cabeza la diadema de Catalina de Rusia y escondiendo, sorprendentemente, en su puño cerrado, el rubí de los Cardona, durante años desaparecido.

Una imagen gloriosa a la vista de todos los asistentes al baile de máscaras con el que el Liceo quiere contribuir a beneficio de los damnificados por el terremoto de Sicilia y Calabria. Tragedia sublimada en belleza.

Ignasi Requesens, inspector bisoño pero concienzudo y con aptitudes para el cargo, va a tener que moverse con pies de plomo entre unas gentes, muy alejadas de su condición y de su clase social. En esa época, y tal vez aun en otras, la servidumbre policial a nobles y burgueses está por encima de su labor profesional. Nunca el lema Proteger y Servir tuvo tanto significado.

Si El crimen del Liceo fuese un cuadro expuesto en una sala, no sería uno sino que sería todas las obras que compondrían la exposición. Cuadros que bien podrían haber sido pintados por Casas y Rusiñol, intercalados con declamaciones de poemas de Alcover con el arropamiento de la música de Falla.

Y es que El crimen del Liceo es un gran fresco de la sociedad catalana en plena época modernista. Todo el ambiente social, económico, artístico y político de la época está prolijamente descrito y todos sus dimes y diretes, verdaderos o inventados, magníficamente explicitados.

Fernando García Ballesteros ha buceado en la realidad de los grandes nombres, apellidos y familias de quienes ostentaban, y en algunos casos aún retienen, la capacidad de decisión sobre los temas trascendentales en la sociedad catalana. Y se ha apoyado en la ficción para colorear con distintos tonos según interese resaltar o diluir acciones y comportamientos que, si no fueron, bien podrían haber sido.

Y resaltando por encima de todo el templo, ese Liceo que se muestra desnudo a los ojos de los lectores. Ninguno de sus secretos queda oculto, todo a la vista, su gestión, sus mecenas, sus artistas, sus modistas, sus porteros, sus tramoyistas y todos sus espacios públicos y privados, sus escaleras, El salón de los Espejos, los camerinos, los guardamuebles, los pasillos, despachos, salones…

Una apasionante novela de suspense, de aquel suspense clásico plagado de misterios, envidias, rencores y sometimientos. De cuando no había efectos especiales. Pasen, siéntense y gocen del espectáculo.