domingo, 4 de diciembre de 2016

Indómito de Vladimir Hernández

En la venganza, la victoria tiene
siempre sabor agridulce.
Entre los distintos motivos que llevan a una persona a matar a otra, hay uno que si apela con carantoñas humanistas a nuestra particular escala moral de valores, atrapa nuestra simpatía. Y ese motivo es la venganza.

De inmediato nos ponemos en la piel de la persona agraviada y hacemos nuestras las razones que impelen sus actos; sale nuestra parte más cristiana, esa sustentada por la Biblia, la del ojo por ojo, y cegados ya no vemos, solo actuamos.

Si vuelves en ti consciente de que han intentado matarte, como sucede con Mario Durán, y no lo han conseguido lo lógico es que primero te pongas a salvo, no sea que vuelvan, y lo segundo es que les demuestres como se hace eso de matar, asegurándote de que aprendan quedando bien muertos. Y de eso va la novela.

La acción de Indómito transcurre en La Habana; pero no en esa capital que saluda al mundo desde su malecón de postal; tampoco la que atrae nostálgicos de cuando las revoluciones eran revolucionarias y se fotografían la lado de imágenes de los compañeros Camilo, Fidel y del icónico Che; ni esa que atrae singles de todo el mundo dispuestos a empapar sus oídos de, maravillosa mezcla criolla que conforma la, música cubana, el paladar a base de mojitos y con el secreto inconfesable de terminar la noche siendo húmeda montura de una joven jinetera.

La Habana de la novela es la de la otra cara del espejo. La que solo ven, conocen, viven y sufren los que en ella habitan, la que cada día barre para dentro ya que si se saca hacia fuera puede haber pena de sedición, la de los que forman cola por la puerta de atrás de la cocina de los hoteles para recoger lo que otros dejan y la conocemos por los pequeños detalles, que va desgranando el autor, más ilustrativos que si empleara abigarradas descripciones.

Decir que Indómito es una historia de venganza no es faltar a la verdad pero es quedarse corto. Indómito es además una historia de amistad y sobretodo de lealtad; de sacrificio generoso, como el que significa cuidar, por agradecimiento, a un desconocido al que ni su hijo visita y es también una crítica social que desvela que no todo lo que brilló bajo el sol de la revolución aún luce y que lo que encandiló a abuelos y padres ya no genera igual entusiasmo en los hijos y es que con solo pintura no se cubren los desconchones que ya no puede esconder por más tiempo el régimen.

Y lo hace desde una trama estructurada al modo de novela negra americana clásica ambientada en el Caribe. Hardboiled servido con ron. Con unos personajes que se definen por sus diálogos y sus comportamientos. Con una trama ágil que gana en complejidad y en crítica social; con un avance sostenido que alterna calma con velocidad y que esta se multiplica a la par que se avanza a lomos de una Harley y con unas acciones rotundas que marcan un punto y seguido, lo que indica que aún hay más.

Vladimir Hernández, escritor
Pero todas las venganzas se construyen a partir de una historia de sacrificios y dolor, de ahí que la victoria, para los vencedores, tenga siempre un sabor agridulce. Mario jamás podrá olvidar a Rubén.

Vladimir Hernández arranca esta novela negra con un golpe de efecto cliffhanger mostrando una gran capacidad para contar una historia muy bien explicada, pormenorizando incluso en el robo, para presentar personajes con tanta facilidad que casi no necesita describirlos e ilustrar que el crimen que se cuenta es solo el que se ve pero no por eso el único que existe.

Léanla y la recomendarán. Fué, sin duda merecido, Premio L'H Confidencial 2016.


jueves, 1 de diciembre de 2016

Las violetas del Círculo Sherlock de Mariano Fernández Urresti

Una policiaca burbuja victoriana
ubicada en el siglo XXI.
Leer Las violetas del Círculo Sherlock es como montarse en el DeLorean y hacer dos paradas en el pasado. La primera a uno reciente, unos veinte años atrás y la segunda para alejarse unos cuantos más hasta finales del siglo XIX, exactamente al 1888.

Y es que el presente es un plato que se ha cocinado lentamente en el pasado aunque su degustación no sea del agrado de todos los comensales.

Sergio Olmos, escritor que puede vivir de serlo (vaya lujo), está preparando su nueva novela en la que pretende rellenar los años de absentismo social de Sherlock Holmes, esa parte secreta de su vida, desde que cayera en las cataratas de Reichembach hasta su reaparición, y para ambientarse se ha instalado en una casita de Sussex que incluso podría haber sido la misma donde viviera sus últimos días el afamado detective consultor.

Sus planes se ven trastocados después de que, al recibir una sospechosa e ininteligible nota, se cometa un asesinato, emulando el método empleado en 1888 por Jack el Destripador, en su ciudad natal de la costa norte española. Con el crimen el contenido de la nota cobra sentido y Sergio regresa para informar a la policía y colaborar en lo posible de lo que se antoja como una suerte de macabro juego de rol en el que se le ha retado a participar sin opción a descarte.

Sus amigos, miembros del Círculo Sherlock, de veinte años antes cuando eran estudiantes, también van a verse involucrados en mayor o menor medida por cuanto el asesino parece tener algún tipo de resentimiento hacia el desmedido conocimiento holmesiano del grupo.

Un grupo formado exclusivamente por varones, siete exactamente, que dedican las tardes de los viernes a lucir sus conocimientos sobre los 60 casos que conforman el Canon de las obras de Holmes, dejando de lado toda obra no acreditada o reconocido pastiche. El purismo los lleva incluso a vestirse de época y dirigirse entre ellos empleando el léxico pertinente.

El reencuentro despierta todo tipo de recuerdos, no todos gratos, y la investigación policial, también enturbiada por asuntos internos de la brigada, así como la presencia de otros habitantes de la ciudad, funcionarios, políticos, sacerdotes, testigos y víctimas también implicados por una u otra razón confieren suficientes voces y variados registros como para completar un rico a mosaico de relaciones humanas, sensibilidades e intereses de origen étnico y social tan dispar como interesante.

Jack el Destripador en un periódico de la época
Un tema y unos personajes perfectos para alimentar un casebook de juegos de rol.

Las violetas del Círculo Holmes es una policiaca burbuja victoriana ubicada en el siglo XXI, un rendido homenaje a las obras de Arthur Conan Doyle protagonizadas por Sherlock Holmes y John Watson (hasta 123 notas a pie de página dan la medida de cuanto beben de ellas) y un elaborado estudio de investigación sobre la macabra obra de Jack The Ripper.

Una intricada, absorbente e inquietante puesta al día de las atrocidades cometidas por quien aterrorizó desde finales del verano y parte del otoño de 1888 al barrio de Whitechapel londinense. Un análisis pormenorizado de sus bárbaros actos y un recorrido por los casos investigados por Holmes y Watson haciendo especial hincapié en porqué en ninguno de ellos hubo referencia alguna al Destripador.

Mariano Fernández Urresti
Mariano Fernández Urresti ha escrito una novela para goce de todo amante del género policíaco clásico pero especialmente dedicada a los fans del universo holmesiano. Sus continuas referencias y sus guiños, fruto de una laboriosa investigación y su gran habilidad para entretejer aquellos mimbres confeccionando los actuales cestos, harán las delicias de quienes ven en Sherlock Holmes algo más que una figura de ficción.

Las principales obras de referencia implicadas son: El Ritual de los Musgrave, El Gloria Scott, La aventura del Círculo Rojo y Escándalo en Bohemia.

Para ello se vale de distintas capas de información en una suerte de metalectura: los informes y autopsias elaborados en los casos del Destripador, los artículos de prensa del caso actual, las referencias a los casos de Holmes y Watson, los recuerdos de la época del Círculo Holmes, las acciones del presente… y consigue mantener el interés hasta la mismísima última línea de texto.

Tanta es la devoción que no ha podido sustraerse al deseo de superponer acciones criminales con paralelismos geográficos entre la localidad donde transcurre la acción y el barrio de Whitechapel donde acaecieron los hechos originales y tampoco a hacer partícipes a sus protagonistas del mismo universo otorgándoles un perfil psicológico ajustado a su nombre, jugando de forma cómplice con el lector (como hiciera Alberto López Aroca a su vez en Estudio en esmeralda y seguro hacen todos lo que viven en ese particular mundo). 

Son fácilmente identificables:

Sergio Olmos (Sherlock Holmes)
Marcos Olmos (Mycroft Holmes)
José Guazo (John Watson)
Tomás Bullón (T. J. Bulling)
Jaime Morante (James Moriarty)
Diego Bedía (Frederick Abberline)
Estrada (Lestrade)

El resto lo dejo a su sagacidad. Al finalizar la lectura, casi 700 paginas, todos sabremos un poco más sobre esos seres, ficción o realidad, que se llaman Sherlock Holmes, John Watson y Jack the Ripper.

domingo, 27 de noviembre de 2016

La Brigada de Anne de Capestan de Sophie Hénaff

Un cruce entre Caso abierto
y Modern family.
La Brigada de Anne Capestan es de esas novelas que vienen a renovar el aire enrarecido en la actual habitación donde habita la novela negra. Una novela negra cada vez más autocomplaciente seducida por las alabanzas de editoriales y que cada vez denostan más lectores, de los de verdad. Si Fred Vargas abrió la puerta para dar entrada a nuevos paradigmas, ahora Sophie Hénaff abre una ventana para que salgan rancios tópicos.

Anne Capestan es una comisaria de policía readmitida después de ser investigada por Asuntos Internos pero relegada a un edificio secundario y asignada como jefa de una brigada compuesta por todos aquellos elementos, indistintamente del rango: agentes, comandantes, capitanes, tenientes… que son una piedra en el zapato y que por ese motivo son agrupados como un pelotón de apestados y desterrados para que no molesten.

Forman una banda de la que Anne Capestan es la jefe. Si fuese de música bastaría con que no desafinasen.

Claro que nadie contó con su prurito profesional y que el hecho de que no encajen en un sitio o con algún jefe con ojeriza no quiere decir que no sirvan, ni tampoco se pensó que este ostracismo lejos de sumir sus actos en la indiferencia iba a ser acicate de sus ánimos y sus deseos de vindicación profesional en busca del prestigio perdido.

El elenco lo conforman la comisaria a la que le cuesta controlar su ira, un normativista de asuntos internos rechazado por gay, un gafe al que nadie quiere por compañero, una escritora con serie de televisión propia, una ludópata, un chivato, un alcohólico, un exboxeador con conocimientos informáticos y un adicto a la conducción temeraria de vehículos.

A pesar de sus etiquetas no hay desesperación ni lamentos ni amargura por su destierro, así la brigada consigue positivizar su situación y conjuntar esos distintos caracteres e investigar varios casos abiertos que acumulan polvo olvidados por todos. O tal vez por todos no.

La trama es ágil sobre todo teniendo en cuenta que hay que presentar a cada uno de los brigadistas, nada menos que nueve, y a los altos mandos y que las investigaciones simultanean tres casos y que hay que acondicionar el edificio y que hay que moverse por París e incluso desplazarse a las afueras.

Es una novela policíaca de tratamiento ligero y diálogos con visos de humor  capaz de mantener la intriga del argumento criminal de cada investigación con lo que conforma una estructura narrativa muy rica en matices y escenas costumbristas en la que no hay descanso alguno.

Sophie Hénaff
Por su tratamiento ligero, a las antípodas del trascendentalismo tremendista, de la exposición sociológicamente trágica de los psicópatas y connotaciones morales, Sophie Hénaff  ha escrito, seguramente influye que haya sido columnista en Cosmopolitan, una novela que se asemeja a esas novelas inglesas de la edad de oro policiaca donde prima la investigación en entorno pintoresco con dosis de humor inteligente.

La novela otorga voz a la colectividad frente la autosuficiencia del héroe solitario y demuestra que el éxito también puede ser cosa de fracasados. Y que dos más dos pueden llegar a sumar cinco.

Es una lectura fácil y estimulante de la que habrá que esperar nuevas entregas para ver su evolución. Parece que se está pensando en su adaptación televisiva, lo que perfectamente podría parecerse a un cruce entre Caso abierto y Modern Family, lo que no deja de resultar interesante.

jueves, 24 de noviembre de 2016

El suicida impertinente de Juan Luis Marín

Si tienes un J.M. en tu vida
puede ser tu perdición.
En El suicida impertinente J.M. orquestra su propia muerte planificando hasta el mínimo detalle las acciones previas al evento, las inherentes al propio acto de suicidio y, sobretodo, las posteriores que ya no serán realizadas por él pero si desencadenadas a través de la lectura de una simple carta; ya saben: lo de la pluma y la espada.

Y es que J.M. es ante todo un escritor y guionista y de ahí que sepa mucho de concebir escenas y de darles voz a los intérpretes. J. M. ha decidido suicidarse pero también vengarse ya que culpa de su anticipado e irreversible acto final a todos sus allegados.

Y sin en vida no supo o no pudo reivindicarse lo hará desde la muerte; va a suicidarse si, pero va a amargar a sus deudores siendo un suicida impertinente. Va a ser el titiritero que desde el más allá, liberado de toda responsabilidad moral, mueva los hilos para hacer bailar una macabra danza a los vivos.

Esposa, familia, amigos, compañeros de trabajo; donde abundan escritores, guionistas y periodistas conforman la comitiva del duelo lejos, muy lejos de imaginar que la muerte no es el final y que en el funeral empezará todo.

El suicida impertinente es una tragicomedia, truculenta historia narrada en clave de novela negra con mucho de comedia negra, que disecciona los comportamientos humanos desde la perspectiva de cuanto estamos dispuestos a apostar por nosotros mismos y cuan fácil es echar la culpa de nuestros sueños inalcanzados a la mala suerte o a los demás, culpabilizando de puertas afuera cuando igual habría que ventilar desde el interior.

Poco o nada podemos hacer desde la lectura más allá que asistir pasivamente a un espectáculo desde un rincón del back stage. No es un libro participativo es ilustrativo; entre atónitos y jocosos asistiremos al rodaje de la diabólica última obra de J.M. sin tener idea de cómo va a evolucionar la trama, aunque intuyamos que saltaremos de sorpresa en sorpresa hasta concluir en un retorcido final.

Y esto es El suicida impertinente una novela que consigue sorprender y entusiasmar, que toca teclas para conformar una melodía que resulte crítica con las personas, más que con la sociedad en genérico, y genere cierta incomodidad pero que no deje de ser agradable al lector.

Juan Luís Marín, escritor
Juan Luis Marín que nos deleitó con su novela negra Maldita nostalgia (reseñada aquí en este blog) nos ofrece ahora, en un giro a la ortodoxia del género, una novela breve que encierra un recorrido crítico por la memoria de cuando aprovechando el pelotazo de los medios todos los que podían sacar tajada no dudaban en hacerlo aunque las artes exhibidas para tal fin no fueran ejemplo de ética. Quien más quien menos tiene algo que esconder y que no quiere verlo exhibido.

El autor renunciando a personalizar sus protagonistas más allá de darles unas iniciales y emplear el genérico nombre de La Capital para designar la ciudad, nos está diciendo que pongamos nosotros mismos los identificadores. Porqué no tiene ninguna duda de que todos sabemos de alguien más cercano o lejano que podría haber interpretado alguno de los papeles de la serie, perdón de la novela.

Y ahí hay parte también de su crítica, regresa a La Capital, localización de exteriores para sus dos anteriores novelas, para demostrar que no hay que comportarse ni vestirse de malote para serlo; en La Capital se desarrollan todo tipo de historias y conviven todo tipo de personas y la maldad existe subyacente en cada una. Otra cosa es que se desarrolle y otra que tome las riendas; pero eso es otra historia.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Happy Valley temporada 2

Happy Valley donde la felicidad consiste
simplemente en no ser infeliz
La serie de televisión Happy Valley mantiene, en su 2ª temporada, su tono oscuro de drama policial tragicómico acreditado en la 1ª temporada y por el que sorprendió y agradó por igual a un sector de la audiencia televisiva desencantada de series, autoproclamadas policiales, más cercanas a chirigota que a realidades punzantes.

Y eso que la serie Happy Valley tiene su punto doméstico, lo que no significa que el hogar sea un refugio para estar a salvo de nada ni de nadie sino solo que en él la maldad habita bajo techo.

Sarah Lancashire en su papel de la sargento Catherine Cawood vuelve a estar impresionante. Su fortaleza se sustenta por la debilidad de quienes le rodean y dependen de ella: su familia, sus vecinos e incluso sus subordinados.

Si ella cede, todo se viene abajo; no puede permitirse ser débil y aún así por momentos se ve desbordada, aparece frágil y su aspecto más humano aflora en lágrimas y gritos. Sus gestos cariñosos son mínimos pero intensos, no puede ir con sutilezas ni puede aceptarlas; la rueda de la vida sigue girando y si se ella se detiene morirá aplastada.

Para entender y disfrutar plenamente de esta temporada es preciso haber visto la primera ya que lo que en ella sucedió es el punto de partida de esta segunda, más tenso si cabe ya que ahora la violencia física mostrada entonces se vuelve psicológica: la fascinante capacidad del psicópata para mostrarse lo suficientemente amable, indefenso e incomprendido como para hipnotizar a los débiles y arrastrarlos al lado oscuro para convertirlos en cómplices o víctimas.

Secundarios de la segunda temporada, todos de primer nivel

Una segunda temporada que pone a la sargento Catherine Cawood, un alarde de matices y registros interpretativos, como sospechosa de una serie de asesinatos en serie; que altera la vida de una vecina ante el temor de una venganza mafiosa; que intenta provocar un cisma en la especial relación con su nieto; que le obliga a ser amablemente inflexible con su hermana Clare; indulgente y tolerante con su hijo; solidaria con prostitutas y desfavorecidos; protectora y comprensiva con la nueva agente y a mantenerse dura y demostrarlo, a pesar de quienes dudan o de lo que sugieran las apariencias sobre la calidad inhumana de Tommy Lee Royce.

Calder Valley en el West Yorkshire sufre una vez la dicotomía que supone enfrentar el significado de su nombre en la serie, Happy Valley y sus verdes prados y calles ordenadas con los terribles asesinatos, trata de blancas y rencillas menores habituales. Una magnifica realización de Sally Wairwright que trabaja ya en la tercera temporada.

Si la serie es de culto para los amantes de las series policiales es porqué no renuncia a ser negra aunque resulte incomoda y su credibilidad se debe a la sencillez con la que extrae del alma de los seres humanos lo bueno y lo malo para exponerlo sin pudor renunciando a dar lecciones morales.

Catherine Cawood y la oveja:
una secuencia para la historia
Olvida la grandilocuencia de los efectos especiales y de las acciones a ritmo de thriller apostando por la cotidianeidad con diálogos y situaciones delirantes que, por momentos, siguen evocando a los Coen y a Tarantino (la secuencia de la oveja: como Catherine la cuenta a su hermana y el desenlace final son de antología).

Los seis episodios de la serie dan la medida justa para poder desarrollar en su plenitud cualquier trama y facilitan el compromiso de la audiencia de serle fiel ya que no se le exige devoción a lo largo de veintitantas semanas más los parones. La calidad de la BBC, con sus producciones que cuidan los detalles al milímetro: guión, dirección, escenarios, protagonistas principales, secundarios recurrentes y los secundarios protagonistas de esta segunda temporada, absolutamente creíbles y perfectamente adaptados… resulta una vez más incontestable y el mejor ejemplo a seguir.